El Supremo Interrogante: ¿Existe Dios?
El Supremo Interrogante: ¿Existe Dios?
¬ Preguntas Decisivas
¬ Las Pruebas Saltan a la vista
¬ Un Planeta Perfecto para la Vida
¬ El principio del universo
¬ ¿Qué tan grande es grande?
¬ Descubrimientos que desconciertan a la ciencia
¬ El Dador de la vida
¬ El silencio ensordecedor de los científicos
¬ El propósito de la vida
¬ ¿Por qué nació usted?
¬ Las consecuencias de ciertas ideas
¬ La Hostilidad Natural del Hombre Hacia Dios
¬ Conozcamos a Dios
¬ ¿Cómo se revela Dios?
¬ Un Dios que no está limitado por el tiempo ni el espacio
¬ Nuetra oportunidad especial
   
De los editores de la revista Las Buenas Noticias
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El Propósito de la Vida

¿Tiene algún significado la vida sin Dios? ¿Existe un propósito para el planeta Tierra y los que moramos en él? Si así es, ¿cuál es el propósito?

En el libro A Brief History of Time (“Breve historia del tiempo”), el autor Stephen Hawking explica su punto de vista acerca de la naturaleza del universo; luego dice: “Si encontramos la respuesta a eso [la pregunta sobre por qué existimos nosotros y por qué existe el universo], será el triunfo máximo del razonamiento humano, porque entonces conoceremos la mente de Dios” (p. 175).

La respuesta a esa pregunta no podrá venir nunca de la inteligencia o razonamiento humanos, sino sólo del único Ser que trasciende nuestro universo físico. Si no se tiene en cuenta a Dios, no se puede conocer el propósito que tiene para el hombre y el universo.

Desde los albores de la historia humana, el significado de la vida ha sido una gran incógnita. Es parte de nuestra naturaleza hacer preguntas como: “¿Por qué estoy aquí?” y “¿Cuál es el propósito de la vida?”

Dios creó al hombre con un propósito, pero son muy pocos los que lo conocen. Conocer y creer realmente ese trascendental propósito puede llenar nuestra vida de gran significado. Pero sólo podremos entender nuestro propósito en la vida si buscamos las respuestas en aquel que la creó.

¿Propósito sin Dios?

Consideremos primero el significado de la vida como si la evolución fuera verdad y no hubiera un Dios creador que haya tenido y tenga algo que ver con la humanidad.

Si no hubiera Dios, no habría posibilidad alguna de vida después de la muerte y ciertamente tampoco sería posible la inmortalidad. La vida terminaría en el sepulcro. No habría ningún propósito trascendental que diera significado a nuestras vidas. Nuestra existencia no tendría más significado que la de cualquier animal o insecto que lucha por sobrevivir hasta el momento de la muerte. Todos los logros, todos los sacrificios, todas las cosas buenas y maravillosas que hicieran tanto mujeres como hombres, finalmente vendrían a ser esfuerzos inútiles en un universo finito encaminado hacia su propia ruina.

Carl Sagan, fallecido astrónomo y escritor, no creía en Dios. Cuando su esposa murió después de 20 años de matrimonio, él creyó que nunca la volvería a ver. Al sentir que se aproximaba su propia muerte, manifestó el típico anhelo humano mezclado con la vacuidad inherente al ateísmo: “Me gustaría creer que cuando muera viviré nuevamente, que alguna parte de mis pensamientos, sentimientos y recuerdos habrá de continuar. Pero por mucho que quiera yo creer eso, y a pesar de las antiguas tradiciones culturales del mundo que aseguran que hay una vida futura, no conozco nada que indique que esto no es más que una ilusión” (“In the Valley of the Shadow” [“En el valle de la sombra”], revista Parade, 10 de marzo de 1996).

Cuando uno hace a un lado la perspectiva y esperanza de una vida futura, su vida queda sin valor ni propósito. ¿Qué diferencia habría finalmente en que viviéramos como una madre Teresa o un Adolfo Hitler? El destino de todos sería el mismo. Las buenas obras de la gente no afectarían de ninguna forma su destino o el destino del universo. Esta es la desolada perspectiva de quienes basan sus creencias en el ateísmo, la evolución y el concepto de que esta vida es todo lo que hay.

En cambio, si Dios existe, nuestras vidas tienen un significado eterno porque nuestra esperanza no es la muerte sino la vida eterna (ver “¿Por qué nació usted?”, p. 22). Si Dios existe, entonces tenemos normas definidas sobre el bien y el mal que provienen de la naturaleza de Dios. Esto hace que nuestras decisiones morales en la vida sean profundamente significativas.

Hablando en general, hay tres filosofías que pretenden explicar el significado de la vida sin Dios y que niegan la posibilidad de vida después de nuestra existencia física. Éstas ejercen un tremendo efecto en el mundo y la forma en que la gente vive.

El nihilismo

La primera conclusión que emana del ateísmo es que ni la existencia humana, ni sus leyes e instituciones, tienen significado alguno. Esta es la filosofía nihilista: dado que Dios no existe, el universo y todo lo que hay en él carece de metas o finalidad. Somos sencillamente el producto de la materia, el tiempo y la casualidad. No hay vida después de nuestra existencia temporal. Somos los únicos amos de nuestra vida en este planeta, y lo que hagamos en nuestra corta duración está supeditado a nuestras propias fuerzas.

Esta perspectiva niega la existencia de principios absolutos. Niega la existencia de cualquier plan básico para la instauración de la ética, la moral o la verdad. Asegura que uno tiene plena libertad para adoptar el patrón de conducta que le guste, en lugar de someterse a un sistema absoluto de principios morales.

Las normas y decisiones de uno están determinadas por lo que le parezca bien, por lo que le cause satisfacción o placer personales. No proporciona ningún argumento razonable para vivir una vida moral. Uno puede optar por ajustarse a los principios morales de la sociedad si eso le resulta más conveniente, pero no le obliga a ser una persona moral si el serlo va en contra de sus intereses personales. En este sentido un ateo puede seguir ciertos principios morales, pero debemos entender que un ateo o existencialista no reconoce autoridad alguna para esos principios.

Esta filosofía nihilista dio origen a la declaración de que “Dios está muerto”. Esta frase tácitamente manifiesta que Dios y sus leyes carecen de importancia y que no deben ser esgrimidos para presionar a la gente a que tenga verdaderos principios morales. Sugiere que uno puede hacer lo que le plazca.

Esta filosofía, que echó raíces en el decenio de 1960, llevó a toda una generación a hacer lo que bien le parecía. Dio cabida a una época de rebelión en contra de antiguos principios tradicionales. Hubo una explosión en la violencia, el libertinaje sexual y el uso de los estupefacientes. Las normas morales y el número de matrimonios y familias armoniosos decrecieron inmensamente.

Como resultado de este rechazo de las normas y principios bíblicos, sociedades completas se han corrompido. Ha habido millones de víctimas. Los conceptos tienen consecuencias, y las consecuencias de esta filosofía han sido horrendas.

El humanismo

La siguiente filosofía es semejante. El humanismo también sostiene la idea de que el universo existe sin propósito alguno, que somos el resultado de un desarrollo ciego que carece totalmente de significado.

No obstante, el humanismo se distingue del nihilismo en que la vida puede tener un significado si nosotros le damos uno. La vida puede tener tanto significado como nosotros se lo demos. Vale la pena vivir la vida porque nosotros la hacemos valer y podemos disfrutarla. Sin embargo, como en el nihilismo, no se reconoce ningún principio extrínseco. Esta perspectiva sostiene que una persona puede tener principios morales porque crearlos y vivir de acuerdo con ellos le proporciona satisfacción personal.

Realmente no hay mucha diferencia entre el humanismo y el nihilismo. El enfoque humanístico reconoce que existen ciertos principios, pero los principios no son extrínsecos ni universales ni permanentes. Nadie está obligado a tener moral y no existen principios absolutos.

El humanismo carece de objeciones morales en contra de la conducta inmoral. Es decir, si no existen principios absolutos, uno no puede probar que algo es incorrecto o que es malo. Por tanto, nadie está en situación de juzgar o condenar las decisiones o acciones de los demás.

El propósito inherente

Una tercera filosofía reconoce la existencia de principios extrínsecos, pero sostiene que existen independientemente de Dios; es decir, no dependen de él para su existencia.

Según esta perspectiva, el hombre tiene el suficiente discernimiento para estar consciente de los principios morales que existen. Pero una vez más, es el hombre quien descubre la moralidad y posee la facultad de vivir por los principios morales que él escoja. No necesita a Dios para que le diga cuáles son los verdaderos principios morales o cómo debe vivir. Por tanto, no hay necesidad de Dios. El significado de la vida no depende de la existencia de Dios ni de algo fuera de la vida física.

Estas tres filosofías tienen algo en común: No tienen en cuenta a Dios y no ofrecen ninguna esperanza de vida después de la muerte. De hecho, la premisa de las tres filosofías es que el hombre vino de la nada, que ha evolucionado hasta llegar a ser la forma más compleja de vida, y que está en condiciones de seguir los principios que más le convienen y determinar su propia conducta y su futuro.

Estas filosofías aseguran también que no hay vida después de la muerte, que todo lo que hay es esta vida. De nuestro punto de vista depende que la vida tenga o no significado. El resultado es que todo lo que logramos es pasar nuestros genes y filosofías a nuestros descendientes con la esperanza de que ellos puedan llegar a ser seres superiores. Desde luego, todo se resume en que la evolución no ha terminado y que estamos en un proceso hacia un mayor desarrollo.

Lo más importante de la vida

¿Podemos tener un propósito verdadero y principios definitivos sin Dios? La gente puede desentrañar algún significado en la vida con estas filosofías, si es que su definición de significado es “un sentido de felicidad temporal y de gozos momentáneos”. Desgraciadamente, son muchos los que creen que este es el significado de la vida. Pero estas filosofías o perspectivas en realidad no pueden contestar las preguntas relacionadas con el verdadero significado. Solamente si tenemos en cuenta a Dios podemos encontrar las respuestas claras, y esas respuestas no sólo le dan significado a esta vida ahora, sino que también satisfacen nuestro anhelo de tener un propósito que trascienda esta vida.

De todas las criaturas que existen, el hombre es el único ser en la creación que puede siquiera considerar el asunto del significado de la vida, adorar a Dios y manifestar una creencia en la vida después de la muerte. A diferencia de los animales, los humanos podemos intuir la eternidad y la inmortalidad.

¿Por qué somos diferentes? ¿No será que nuestra capacidad para imaginarnos el futuro, esperando vivir más allá de esta vida física, fue puesta dentro de nosotros por un Creador debido precisamente al propósito eterno que tiene con los seres humanos? Hace unos 3.000 años el rey Salomón, refiriéndose a su Creador, escribió: “Todo lo hizo hermoso en su tiempo; y ha puesto eternidad en el corazón de ellos [los humanos], sin que alcance el hombre a entender la obra que ha hecho Dios desde el principio hasta el fin” (Eclesiastés 3:11). Dios nos dio la facultad de hacer preguntas, pero no la capacidad para saber las respuestas, a menos que sinceramente lo busquemos y confiemos en él.

Si decidimos no creer que Dios hizo el universo, entonces tendremos que creer que toda esperanza en el futuro y el deseo de un significado que trascienda nuestra vida física, son vanos. Irónicamente, si fueran ciertos los principios bajo los cuales se supone que funciona la evolución, los humanos no tendríamos para qué cultivar esta faceta de nuestro intelecto, pero el hecho es que sí reflexionamos acerca de estas cosas.

Los humanos somos creación de Dios, y él tuvo sus razones para ponernos en este planeta. Nosotros no valemos por nosotros mismos, sino porque Dios nos creó a su imagen y semejanza. Es Dios quien le da valor a la vida humana.

El problema está en que, al no tener en cuenta a Dios, hemos buscado desesperadamente por todas partes tratando de encontrar nuestro propio valor. Hemos ideado sicologías que nos hacen sentir más importantes. Tácitamente, un sacerdocio de sicólogos nos dice que podemos salir de los problemas que nosotros mismos nos hemos creado con tan sólo pensar que podemos hacerlo.

La mayor parte de la sicología fue formulada para adaptarse a una perspectiva atea de la creación. Rechaza el concepto de que nuestra valía proviene de un Creador que le dio un propósito al hombre antes de crearlo.

Los principios morales de Dios están incorporados en las leyes que le ha dado al hombre. Contrario a las tendencias predominantes de la sicología, la forma en que vivimos no debe ser determinada por cómo nos hacen sentir nuestros hechos. Dios dio sus leyes para nuestro bien. Cuando las obedecemos, no sólo nos traen felicidad y realización en esta vida, sino que nos dan una idea de lo que Dios es. En cierto sentido, la ley de Dios es lo que él es, pues sus leyes reflejan su carácter y naturaleza.

¿Privilegio inapreciable o sustituto barato?

De toda la creación, únicamente a nosotros nos ha dado Dios la capacidad de decidir si hemos de vivir por sus leyes o por los principios y reglas que establezcamos según nuestro parecer. Las leyes de Dios no son simples deberes; antes bien, él nos hizo de tal manera que podamos llegar a estar más felices, más satisfechos y más realizados al hacer lo que él nos manda. Dios sabe qué es lo mejor para nosotros, ya que fue él quien nos hizo; nos da las instrucciones que nos beneficiarán.

El hombre no es un simple títere en las manos de Dios. A nosotros nos corresponde decidir si hacemos o no lo que él nos manda (Deuteronomio 30:19). Podemos reconocerlo como nuestro Creador y el Dador de las leyes que rigen el universo, o podemos negar que existe. Podemos escoger vivir una vida sin significado o una vida con propósito.

Si pensamos que somos la forma más alta de vida en el proceso de la evolución, y que por lo tanto somos mucho, la realidad es que estamos negando el insuperable valor que Dios mismo nos dio. Nuestra existencia y nuestro futuro pierden el valor que tienen por el hecho de ser hijos de Dios, y quedan reducidos al de una especie animal. Es en verdad trágico que el hombre, por su vana actitud de creerse importante, haya despreciado el inapreciable privilegio de llegar a ser un hijo de Dios, quien quiere darle la vida eterna para que pueda compartir con él el universo en toda su gloria y majestad.

 


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