El Comunicado


de la Iglesia de Dios Unida, una Asociación Internacional

VOLUMEN III, NÚMERO 9


EN ESTE NÚMERO

Cristo en nosotros, la esperanza de gloria
'Amén; sí, ven, Señor Jesús'
'Por favor, ¡venga tu Reino!'
Azazel y el Día de Expiación

Cristo en nosotros,

la esperanza de gloria
Varias iglesias intentan resolver cómo podrían ser salvas las personas
que no son cristianas. Pero ¿es esto posible?

Una doctrina fundamental de toda la cristiandad proclama que nadie puede heredar la vida eterna excepto por medio de Jesucristo. Por consiguiente, fue muy sorprendente cuando dos de las principales iglesias cristianas expresaron la posibilidad de la salvación prescindiendo de aceptar a Cristo como Salvador. En su informe titulado "Llamamiento de medianoche" de septiembre de 1998, la Iglesia Presbiteriana puso bajo consideración cómo los que no son cristianos, entre ellos los judíos, musulmanes y budistas, podrían ser destinados a la vida eterna. El siguiente mes, el papa Juan Pablo II declaró que "por medio de la práctica de lo que es bueno dentro de sus propias tradiciones religiosas, y siguiendo los dictados de sus conciencias, los miembros de otras religiones responden de manera positiva a la invitación de Dios y reciben la salvación en Jesucristo, aun cuando no lo reconozcan como su Salvador" (The Christian News & Views Newsletter ["Boletín de noticias y criterios cristianos"], vol. 4, número 10, octubre de 1998).

En este artículo, leeremos cómo Cristo fue el único heredero de la vida eterna. Y descorreremos el velo del misterio de cómo es posible para toda la humanidad convertirse en coherederos con Cristo.

Heredar el Reino de Dios

Dios reveló antes del nacimiento de Jesús que su Hijo sería el "poderoso Salvador" quien se acordaría del santo pacto que Dios hizo con Abraham (Lucas 1:68-73). La promesa que Dios le hizo a Abraham tuvo que ver con la herencia y la salvación (Hebreos 11:8-9).

En Mateo 25:34, Jesús dijo que los que serían bendecidos del Padre heredarían el Reino de Dios. Ese Reino estará sobre la tierra; por consiguiente, Jesús prometió que los mansos heredarán la tierra (Mateo 5:5).

Estas declaraciones indican que muchos heredarán el Reino de Dios. No obstante, paradójicamente, la Escritura también indica que Jesucristo es el único heredero. Ambos señalamientos son verdaderos. Entender esta paradoja demostrará de manera absoluta cómo y por qué la salvación viene únicamente en el nombre de Jesucristo.

Jesucristo, el heredero exclusivo

Conforme investigamos este tema en las Escrituras, notemos a quién le da Dios el derecho de heredar su Reino. La Palabra de Dios describe a Jesucristo como el poseedor de su Reino.

En Lucas 1:33 se relata la profecía que el ángel Gabriel le dio a María antes de que naciera Jesús: "Y [Jesús] reinará sobre la casa de Jacob para siempre, y su reino no tendrá fin". Antes de su muerte, Jesús le dijo a Pilato: "Mi reino no es de este mundo" (Juan 18:36).

Muchos pasajes son muy convincentes en lo que se refiere a la herencia exclusiva de Cristo. El relato que se encuentra en Lucas 19:12 describe la analogía de Jesús (un hombre noble) que se fue a un país lejano "para recibir [para sí mismo]" un reino. Cuando Jesús habló acerca de que algunos de sus discípulos verían el Reino de Dios en una visión, él lo definió como "su reino" (Mateo 16:28). También en Colosenses 1:13, el Reino es llamado el "reino de su amado Hijo". Leemos en 2 Pedro 1:11: ". . . el reino eterno de nuestro Señor y Salvador Jesucristo".

Dios constituyó a Jesucristo como heredero de todas las cosas (Hebreos 1:2). Él es el heredero oficial del Reino de Dios. Y es Cristo quien nos recompensa, ya que ". . . del Señor recibiréis la recompensa de la herencia, porque a Cristo el Señor servís" (Colosenses 3:24). Él no puede recompensarnos con una herencia que no le pertenece. Pero el Reino de Dios sí le pertenece a Cristo, como acabamos de ver.

¿Qué acerca de Dios?

A fin de que no malentendamos el papel de Cristo en el plan de Dios, es importante hacer resaltar el hecho de que es Dios quien le da el Reino a Cristo. Esa es la razón por la que descubrimos que en la Biblia también se usa la cláusula "el reino de Cristo y de Dios" (Efesios 5:5). Como se explica en 1 Corintios 15:27-28, todas las cosas han sido puestas bajo Cristo, pero se sobreentiende que Dios [el Padre] no está bajo la autoridad de Cristo. Dios es quien pone todas las cosas bajo los pies de Cristo.

Cristo gobernará hasta que el último enemigo, la muerte, sea destruido. "Pero luego que todas las cosas le estén sujetas, entonces también el Hijo mismo se sujetará al que le sujetó a él todas las cosas, para que Dios sea todo en todos" (1 Corintios 15:28). En ese tiempo, Cristo le entregará el Reino al Padre (v. 24).

¿Qué acerca de nosotros?

Hasta este punto, hemos visto que Jesucristo recibe el Reino de Dios de parte del Padre. Pero ¿dónde deja esto al resto de nosotros? ¿Por qué es Cristo el heredero exclusivo? ¿Cómo puede él compartirlo con nosotros?

La manera en que usted y yo recibimos la herencia implica un misterio que pocas personas entienden. Este misterio nos hace ver una vez más por qué la salvación es posible únicamente por medio de Jesús. Pero para entender este misterio, debemos reconocer por qué, técnicamente hablando, nosotros no somos dignos de recibir la herencia pero Cristo sí lo es.

La muerte anula la herencia

Consideremos la herencia desde un punto de vista humano. Como humanos, reconocemos que la herencia prometida de parte de un padre para su hijo no valdría nada si el hijo muriese antes de recibirla. Desde el punto de vista de Dios, esa es la razón por la que usted y yo no podríamos recibir la herencia: somos merecedores de la muerte eterna. ¡Y los muertos no pueden recibir nada!

Romanos 6:23 nos dice: "La paga del pecado es muerte". Al explicar cómo morimos, el apóstol Pablo escribió que el mandamiento, que era para vida, resultó para muerte porque el pecado nos engañó y nos mató (Romanos 7:10-11).

Él explicó además que no fue el mandamiento el que causó la muerte; más bien fue el pecado: el quebrantamiento de los mandamientos de Dios (v. 13). El apóstol Santiago escribe algo similar: "Entonces la concupiscencia, después que ha concebido, da a luz el pecado; y el pecado, siendo consumado, da a luz la muerte" (Santiago 1:15). Entendemos entonces, que debido a que merecemos la muerte y Dios nos ve como si ya estuviéramos muertos, no podemos, por nuestra propia cuenta, recibir una herencia. Esto nos trae a la desconcertante pregunta: ¿Cómo podemos ser librados de la muerte y recibir la herencia?

Citamos de nuevo al apóstol Pablo: "¿Quién me librará de este cuerpo de muerte? Gracias doy a Dios, por Jesucristo Señor nuestro" (Romanos 7:24-25). La vida eterna es un don que podemos recibir por medio de Jesucristo. Junto con Pablo, el apóstol Pedro pudo entender que "no hay otro nombre bajo el cielo, dado a los hombres, en que podamos ser salvos" (Hechos 4:12).

Abraham y su simiente

Jesús, siendo el único Hijo engendrado de Dios, es la única persona que nunca cometió pecado (2 Corintios 5:21; 1 Pedro 2:22; 1 Juan 3:5). Él, a diferencia de toda la humanidad, no merece la pena de muerte; por lo tanto, es el único que es digno de heredar el Reino de Dios.

Con esto en mente, no debe sorprendernos descubrir que la promesa de heredar el Reino de Dios fue dada a sólo uno de los descendientes de Abraham. Al escribir sobre el tema de la herencia (Gálatas 3:18), el apóstol Pablo hizo la siguiente afirmación: "Ahora bien, a Abraham fueron hechas las promesas, y a su simiente. No dice: Y a las simientes, como si hablase de muchos, sino como de uno: Y a tu simiente, la cual es Cristo" (v. 16).

En este pasaje de la Escritura el apóstol Pablo señaló el hecho de que Dios no habló de muchas simientes. Él habló de sólo una. La herencia le pertenece a la Simiente exclusiva, Jesucristo. El versículo 19 de Gálatas 3 respalda este hecho cuando dice: ". . . hasta que viniese la simiente a quien fue hecha la promesa . . ." Nuevamente leemos de sólo una Simiente: ¡Cristo!

Jesucristo en nosotros nos da vida

Ya leímos el pasaje en donde el apóstol Pablo dijo que Jesucristo nos libraría de la muerte. En este pasaje está el misterio. ¿Cómo es que Cristo lleva a cabo esta liberación y garantiza nuestra herencia? Entender este misterio es la única forma de entender por completo el tema de la salvación por medio de Jesucristo y lo que Dios requiere de nosotros para que podamos ser salvos.

Recordemos que Dios nos considera muertos por razón de nuestros pecados. ¿Cómo, entonces, podemos participar en la herencia de Cristo? Notemos el pasaje que contiene una de las claves más grandes en toda la Biblia. Pablo dijo: "Fui hecho ministro . . . para que anuncie cumplidamente la palabra de Dios, el misterio . . . que es Cristo en vosotros, la esperanza de gloria, a quien anunciamos . . . a fin de presentar perfecto en Cristo Jesús a todo hombre" (Colosenses 1:25-28).

¡El misterio de la herencia es Cristo en nosotros! Si estamos "en Cristo", nos hemos convertido en realidad en una nueva creación (2 Corintios 5:17).

Notemos lo que dice un pasaje frecuentemente memorizado: "Con Cristo estoy juntamente crucificado, y ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí; y lo que ahora vivo en la carne, lo vivo en la fe del Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó a sí mismo por mí" (Gálatas 2:20). La mente misma y las acciones de Jesucristo están siendo reproducidas dentro de nosotros. Esto también se explica en Gálatas 4:19, Filipenses 1:20, Romanos 8:9-11 y 2 Corintios 4:11.

Ahora se entiende naturalmente que, puesto que tenemos el nuevo nombre de Cristo, estamos arraigados y edificados en él, su vida se muestra en nosotros y Jesucristo es magnificado, formado y vive en nosotros, entonces podemos ser herederos con él. Pablo afirma lo mismo cuando escribe: "Si vosotros sois de Cristo, ciertamente linaje de Abraham sois, y herederos según la promesa" (Gálatas 3:29).

Podemos compartir la herencia de Cristo sólo debido a que él está en nosotros. A pesar de lo que estipule cualquier fuente teológica, sólo si Cristo vive su vida en nosotros podemos recibir la salvación.

Este importante misterio merece ser repetido. Nosotros no podíamos recibir la herencia eterna porque pecamos y trajimos sobre nosotros la muerte eterna. Los hombres y las mujeres que están muertos no pueden recibir ninguna herencia. Pero Jesucristo es el Hijo engendrado de Dios, de quien se profetizó que recibiría el Reino; ¡él no pecó y no se hizo acreedor de la muerte eterna! Por lo tanto, él es la única Simiente de Abraham elegible para recibir la herencia eterna. Sin embargo, puesto que Cristo está en nosotros, podemos ser "herederos de Dios y coherederos con Cristo" (Romanos 8:17).

La herencia y el Espíritu de Dios

Algunos de nosotros podemos estar familiarizados con padres que le dieron su herencia entera a un hijo, y dejaron sin ninguna herencia a los demás hijos. Sin duda, a los ojos de los padres, uno de los hijos se había mostrado digno de recibir la herencia y los otros no. Si los otros hijos hubiesen tenido las mismas cualidades de carácter, todos ellos habrían compartido la herencia.

Dios hace posible que nosotros podamos ir adquiriendo las mismas cualidades de carácter que Jesús tiene. Él nos ha dado literalmente la capacidad de aprender a pensar y actuar como Jesucristo. "Y por cuanto sois hijos, Dios envió a vuestros corazones el Espíritu de su Hijo, el cual clama: ¡Abba, Padre! Así que ya no eres esclavo, sino hijo; y si hijo, también heredero de Dios por medio de Cristo" (Gálatas 4:6-7). El Espíritu de Dios nos es dado por medio de Cristo cuando nos arrepentimos y somos bautizados para perdón de nuestros pecados, como el apóstol Pedro declaró en el día de Pentecostés (Hechos 2:38).

¡Las buenas noticias para toda la humanidad son que podemos recibir la bendición de heredar el Reino de Dios por medio de Jesucristo! Cuando tenemos fe en Cristo y vivimos de acuerdo con las leyes de Dios, como lo hizo Jesús, el Espíritu Santo de la promesa en nosotros es la garantía de que conjuntamente heredaremos su Reino (Efesios 1:13-14).

El falso evangelio de Satanás

Ahora bien, ¿no parece extraño que, por medio del poder de la mente de Cristo en nosotros, podemos realmente recibir una herencia eterna en la resurrección de los muertos, y sin embargo algunos dicen que no sólo es innecesario sino también imposible guardar las mismas leyes que Jesús guardó?

En este mundo que rechaza la ley de Dios, se hace necesario recordar una verdad que Jesús explicó en el Sermón del Monte: Son los justos los que poseerán el Reino de Dios (Mateo 5:10). El Espíritu de Dios, la mente de Cristo en nosotros, no sólo garantiza nuestra herencia; también nos convence de pecado, de justicia y de juicio (Juan 16:8). El apóstol Pablo dejó muy en claro que por medio de Cristo la justicia de la ley se cumple en nosotros, "que no andamos conforme a la carne, sino conforme al Espíritu" (Romanos 8:1-4).

Satanás engaña al mundo entero haciéndole creer que Jesús obedeció la ley en lugar nuestro. Esa es la razón por la que el "evangelio de Cristo" ha sido tan malentendido por el mundo. ¿Obedeció Jesús la ley por nosotros, de manera que ya no estamos bajo la obligación de obedecer los Diez Mandamientos?

¡Absolutamente no! ¡Tener fe en Cristo no invalida la ley de Dios! "En ninguna manera -declaró el apóstol Pablo en Romanos 3:31- sino que confirmamos la ley". Jesús no obedeció la ley para que nosotros no tuviéramos que hacerlo; antes bien, ¡obedecemos la ley de Dios por medio de Cristo quien vive en nosotros! Por medio del Espíritu Santo, Cristo nos da el poder para seguir el camino de amor hacia Dios y amor hacia el prójimo, el cual está resumido en las leyes de Dios (Romanos 13:8-10).

La principal diferencia entre el antiguo pacto y el nuevo es que por medio de su Espíritu, Dios escribe sus leyes en nuestros corazones y mentes en lugar de escribirlas en tablas de piedra (Hebreos 8:7-13). Sin el Espíritu de Dios, nos es imposible obedecer a Dios y recibir la salvación. Por otra parte, podemos rendirnos a Dios por medio del convencimiento de su Espíritu, obedecerlo y vivir por toda la eternidad.

Bendiciones por medio de Cristo

Cuando Dios le dijo a Abraham: "En ti serán benditas todas las naciones" (Gálatas 3:8), él realmente fue veraz. La bendición de la salvación sería posible para todos por medio de Jesucristo, la Simiente prometida de Abraham. Y es así cómo tenemos las bienaventuranzas que Jesús mismo enseñó en el Sermón del Monte (Mateo 5:3-11):

"Bienaventurados los pobres en espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos. Bienaventurados los que lloran, porque ellos recibirán consolación. Bienaventurados los mansos, porque ellos recibirán la tierra por heredad. Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán saciados. Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia. Bienaventurados los de limpio corazón, porque ellos verán a Dios. Bienaventurados los pacificadores, porque ellos serán llamados hijos de Dios. Bienaventurados los que padecen persecución por causa de la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos. Bienaventurados sois cuando por mi causa os vituperen y os persigan, y digan toda clase de mal contra vosotros, mintiendo".

Todas estas bendiciones vendrían por medio del que habló estas palabras: Jesucristo. Así que estemos muy conscientes de que Dios ha centrado su plan entero de salvación en Cristo. Sin él como nuestro Señor y Salvador, no existe ninguna oportunidad de salvación, "porque en él habita corporalmente toda la plenitud de la Deidad, y vosotros estáis completos en él, que es la cabeza de todo principado y potestad" (Colosenses 2:9-10).

-Gregory L. Sargent

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'Amén; sí, ven, Señor Jesús'

Enfrentándome a la tragedia familiar, había cierta familiaridad inquietante en mi dolor.
Lo que aprendí cambió mi perspectiva del mundo y del futuro.

En 1999, estuve en vela al lado de la cama de dos admirables mujeres moribundas: mi madre y la esposa de mi hermano. Dicha experiencia alteró mi vida y me entristeció profundamente. Después de ello, me sentí más madura en cierto modo que no tuvo nada que ver con el paso de los años. Adquirí un entendimiento personal de Eclesiastés 7:2-3, el cual dice: "Mejor es ir a la casa del luto que a la casa del banquete; porque aquello es el fin de todos los hombres, y el que vive lo pondrá en su corazón. Mejor es el pesar que la risa; porque con la tristeza del rostro se enmendará el corazón".

Mi madre había estado enferma durante muchos años y había sufrido mucho. Al final, ella pasó más tiempo en el hospital que en casa. Empezó a resistirse a los viajes al hospital, los cuales se hacían casi todas las semanas y se habían convertido en una tortura para ella.

La familia oró pidiendo la guía de Dios. Sabíamos que la vida de ella estaba en manos de nuestro Creador.

Tal vez podríamos haber persistido un poco más de tiempo con más hospitales, agujas y aparatos, todas las cosas que se habían convertido insoportables para ella. Empezamos a darnos cuenta de nuestro egoísmo, el cual nos llevó a resistir lo inevitable a expensas de nuestra madre. Tal parecía que ella requería de nuestro permiso para dejar de pelear una batalla que ya no tenía esperanza alguna de ganar.

Dios nos condujo a una decisión sumamente difícil que nadie quería tomar. Ella murió en casa rodeada de toda la familia. La presencia de Dios en esos últimos días fue casi palpable, dramatizando para mí Salmos 48:14: "Porque este Dios es Dios nuestro eternamente y para siempre; él nos guiará aun más allá de la muerte".

Un segundo encuentro con el enemigo

La muerte de mi cuñada conmovió a todos. Ella sufrió un colapso en casa, y dentro de 48 horas estaba en terapia intensiva. Oramos por un milagro. Por razones que solamente él conoce, Dios no lo concedió. Ella murió dentro de pocas horas, dejando a mi hermano con cuatro hijos de edad escolar.

Ambas mujeres eran fuertes y tenaces, y tenían la fuerte determinación de vencer a la muerte. Si fuera posible hacerlo, yo sé que ellas lo habrían hecho. Mi cuñada era bien conocida por su devoción a sus hijos. Sólo 24 horas antes de morir, ella insistía resueltamente: "No se preocupen. Me propongo estar presente en el matrimonio de mis hijas". Pero ella estaba equivocada.

La Biblia nos dice que el último enemigo que será destruido es la muerte. La muerte ciertamente era nuestro enemigo en esos momentos. Sin embargo, conforme yo veía a estas fuertes mujeres en agonía, sus cuerpos desfallecientes, me encontré a mí mismo rogándole a Dios que les concediera la muerte, sabiendo que ellas ya no podían pedírsela por sí mismas. Yo había aprendido que en verdad hay cosas peores que la muerte, como el sufrimiento incesante, las deshonras que destrozan el corazón y la desolación del espíritu humano.

Mis emociones estaban turbulentas como un remolino. Me es imposible describirlas adecuadamente. Sentía la angustia de la inminente pérdida; culpabilidad real e imaginaria; doloroso remordimiento por las oportunidades perdidas; y dolor como un océano de lava, profundo y candente. Por encima de todo, sentía una intensa empatía por su sufrimiento. La vida me estaba enseñando que, algunas veces, la mejor manera de amar es soltar.

Aprender a reconocer el dolor

Había cierta familiaridad inquietante en mi dolor que no me fue posible examinar hasta después de haber pasado algún tiempo. Con la sabiduría y paciencia de Dios, desde entonces he llegado a reconocerla.

Dios me llamó a principios de la década del 80, cuando aprendí por primera vez acerca del Reino de Dios, del regreso de Cristo y de su futuro gobierno. Leí versículos donde se decía que los reinos de este mundo se convertirán en el reino de nuestro Señor, ¡y que él reinará eternamente y para siempre! Empecé a entender la emocionante promesa de Apocalipsis 21:4-5 concerniente al cielo nuevo y tierra nueva.

Esto del Reino de Dios eran noticias asombrosamente emocionantes. Había solamente un problema. Si todas las cosas iban a ser hechas nuevas, la vida como yo la había conocido tendría que terminar. Sufrí un profundo choque cultural.

Así que pasé mucho tiempo sintiéndome culpable, experimentando con vergüenza cierta incomodidad cada vez que escuchaba que alguien expresaba su ardiente deseo por el regreso de Cristo. Yo sí quería que él regresara; simplemente no quería que regresara todavía. Me preguntaba a mí misma si realmente sería la única que no esperara con ansia la destrucción de todo aquello con lo que estaba familiarizada -mi estilo de vida, mi país, mi cultura- aun por un acontecimiento tan maravilloso como el retorno de Cristo.

Nos aferramos a lo familiar

Según los sicólogos, nos aferramos a lo familiar, aun cuando es en nuestro perjuicio. Esta es una razón principal por la que volvemos a reincidir en abuso de drogas, alcohol y otros estilos de vida destructivos. Nos sentimos cómodos con lo que conocemos, y por lo general somos muy renuentes al cambio. Mi mundo estaba muy lejos de ser perfecto, pero era el único que yo conocía. Aun la promesa de la utopía -el Reino de Dios- no tranquilizaba mi incomodidad.

Los antiguos israelitas ciertamente fueron víctimas de esta misma característica humana. Dios obró milagros sin paralelo en beneficio de ellos, tanto para librarlos de la esclavitud en Egipto como para sustentarlos después. Él prometió llevarlos a una tierra que fluía leche y miel. La vida que él les ofreció debe haberles sonado casi tan perfecta como nos suena a nosotros el pacífico Reino de Dios.

Sin embargo, ellos a menudo se quejaban, deseando regresar a la familiaridad de la vida que habían dejado atrás. "Nos acordamos del pescado que comíamos en Egipto de balde, de los pepinos, los melones, los puerros, las cebollas y los ajos", dijeron refunfuñando en Números 11:5. ¿Realmente reaccionaría yo de manera diferente?

Así que le expresé a Dios mi preocupación, diciéndole que yo quería desear el regreso de Cristo con todo mi corazón. No quería ser como la esposa de Lot, mirando atrás en el momento crucial.

El tiempo ha pasado. El mundo continúa la asidua búsqueda de pecado y depravación en la que se ha ocupado por casi 6.000 años. Con cada día que pasa, el final sigue aproximándose inexorablemente.

Empatía y dolor

Ver el sufrimiento de otros es algo que me es extremadamente difícil soportar. Sin embargo, gracias a las noticias de cada noche y otras maravillas tecnológicas de la época actual, he tenido una ventana abierta al mundo. Y el mundo se encuentra en dolor y sufrimiento.

Lloré por sus niños maltratados y asesinados, por sus regímenes malvados, genocidio, crímenes de guerra y otras atrocidades. Mientras tanto, empecé a darme cuenta de un sentimiento que no podía nombrar, una extraña mezcla de dolorosa tristeza y empatía. Al principio era intermitente, pero pronto se volvió casi constante. Me he acostumbrado a ello, como una llave que gotea que uno nunca tiene tiempo de arreglar. Aun así, no podía nombrarlo. Ahora sé que la razón de ello era porque yo no tenía un marco de referencia.

Lo que yo estaba sintiendo era dolor: dolor anticipado por un mundo moribundo. Estaba guardando una vigilia de muerte, velando impotentemente mientras la enfermedad seguía su curso hacia un certero final. El pecado es una enfermedad terminal, un cáncer para el cual no hay cura excepto la sangre expiatoria de Jesucristo. Es a menudo un asesino silencioso, que se muestra en toda su fealdad tan sólo cuando el final está cerca, después de que ha conquistado y consumido virtualmente todo lo que es saludable y bueno.

Las obras de nuestro mundo son el pecado y el sufrimiento, y su salario es la muerte. Debido a que Dios es misericordioso, él no le permitirá permanecer en su pecado por siempre. El tiempo se está acercando rápidamente cuando, como mi madre y mi cuñada, el dolor de aferrarse será más grande que el dolor de soltar.

A pesar de ser el enemigo, la muerte no será el vencedor porque el don de Dios para nosotros es vida eterna. Como se nos dice en 1 Corintios 15:57, él "nos da la victoria por medio de nuestro Señor Jesucristo". Isaías 26:19 describe esa victoria: "Pero tus muertos vivirán, sus cadáveres volverán a la vida. ¡Despierten y griten de alegría, moradores del polvo! Porque tu rocío es como el rocío de la mañana, y la tierra devolverá sus muertos" (Nueva Versión Internacional).

Dios es infinitamente paciente; él contesta las oraciones en la plenitud de su tiempo. Él sabe que el sufrimiento es necesario para nuestro crecimiento, y que nosotros crecemos al poner nuestra fe y confianza en él.

En el capítulo final del Apocalipsis, el apóstol Juan dice: "El que da testimonio de estas cosas dice: Ciertamente vengo en breve" (22:20). Ha sido un largo proceso, pero ahora yo puedo arrodillarme y orar con ferviente sinceridad: "Amén; sí, ven, Señor Jesús".

-Janna Thomas

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'Por favor, ¡venga tu Reino!'

Para mí es sorprendente cómo podemos empezar el día con una perspectiva por la mañana, y para la noche Dios puede cambiar nuestro pensamiento, si prestamos atención.

El día empezó con el ajetreo acostumbrado, haciendo que todos salieran a tiempo a la escuela y al trabajo. En mi largo trayecto al trabajo, hablé con Dios. Le dije que necesitábamos una puerta nueva para el garaje y no sabíamos cómo pagaríamos por ella. De inmediato teníamos que pagar el seguro, y el coche estaba haciendo un ruido nuevo. Yo me estaba sintiendo un poco presionada y desalentada por las molestias cotidianas de la vida.

Yo trabajo con un contratista que renueva casas. El vecindario en el que estábamos trabajando no era de clase media, pero tampoco era de la peor. Dos niños pequeños entraron por la puerta. Les pregunté por qué no estaban en la escuela. Ellos contestaron:

-Hoy no quisimos ir.

-¿Cuántos años tienen? -les preguntó mi jefe.

-Segundo año.

-¿Sabe su mamá que no fueron a la escuela?

-No, ella está en la taberna.

Apenas eran las 10:30 de la mañana. Uno dijo que se había robado la bicicleta en la estaba paseándose; después dijo que estaba bromeando. No podíamos saber cuándo estaba diciendo la verdad.

Un poco más tarde miré por la ventana del frente. Dos niñas pequeñas, como de 4 ó 5 años, estaban jugando con un gato. Estaban tratando de darle a beber anticongelante. Detrás de ellas un hombre joven estaba vomitando sobre la baranda del pórtico. Por una ventana de atrás vi a una vecina saliendo de su automóvil con una botella de vino. Todo esto antes del mediodía.

Esa noche cuando hablé con Dios, mi perspectiva había cambiado. Le di gracias por la casa con la que él me ha bendecido, por el trabajo que tengo, porque puedo estar en casa para despedirme de mi hija cuando sale para la escuela y estar de regreso en casa para recibirla cuando vuelve por la tarde. Le di gracias por su verdad de que hay un mundo mejor por delante. Al pensar en esos pequeños niños que viven en una ciudad media en el país más bendecido sobre la tierra, oré: "Por favor, ¡venga tu Reino!"

-Rhonda Richmond

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Azazel y el Día de Expiación

El Día de Expiación es una fiesta muy importante. Siempre hemos entendido que representa el encadenamiento de Satanás el diablo, lo que impedirá que influya en la humanidad durante mil años. Una parte crucial de esta interpretación implica entender el significado del macho cabrío que era enviada a Azazel (Levítico 16). Algunos han intentado reinterpretar este macho cabrío como un símbolo de Jesucristo y no del diablo.

¿Existen pruebas de que el macho cabrío que era enviado a Azazel era un símbolo del diablo o de un demonio?

En Levítico 16:5 vemos que los sacerdotes tenían que seleccionar dos machos cabríos. Uno tenía que ser sacrificado como ofrenda por el pecado (v. 9) y el otro tenía que ser presentado vivo delante del Eterno, "para enviarlo a Azazel al desierto" (v. 10).

A veces cuando se interpreta el significado de una palabra de la Sagrada Escritura, es necesario considerar cuál es el significado de la palabra en la literatura profana. Consideremos las siguientes fuentes de consulta que plantean el significado de Azazel:

"Este nombre era usado como el nombre de un demonio maligno . . . El nombre Azazel . . . también es usado por los árabes como el de un demonio maligno" (William Gesenius, Hebrew-Chaldee Lexicon ["Diccionario hebreo-caldeo"], p. 617).

"El sumo sacerdote . . . echaba suertes sobre los dos machos cabríos. Uno era para el Eterno como sacrificio expiatorio. El otro era para Azazel (el que está completamente separado, el espíritu maligno que habitaba en el desierto), para ser enviado vivo al desierto" (F. Watson, The Cambridge Companion to the Bible, 1893, p. 161).

"Azazel . . . era probablemente un ser demoníaco . . . Obras judías apócrifas, compuestas durante los últimos pocos siglos antes de la era cristiana, hablan de ángeles que fueron inducidos . . . a rebelarse contra Dios. En estos escritos, Azazel es uno de los dos líderes de la rebelión. Y documentos posteriores al Talmud hablan de una historia similar acerca de dos ángeles rebeldes, Uzza y Azzael; ambos son variaciones del nombre Azazel. Estas historias mitológicas, que deben haber sido ampliamente conocidas, parecen confirmar el carácter esencialmente demoníaco del antiguo Azazel bíblico" (The Torah - A Modern Commentary ["La Torá: Un comentario moderno"], p. 859).

La palabra azazel también es usada fuera de la Biblia en el libro de Enoc. Al parecer, este libro lo cita el Nuevo Testamento en el libro de Judas: "De éstos también profetizó Enoc, séptimo desde Adán, diciendo: He aquí, vino el Señor con sus santas decenas de millares" (Judas 14). Una declaración similar se encuentra en el libro de Enoc 1:9.

El libro de Enoc nos ayuda a entender cómo se usaba la palabra azazel en los siglos anteriores a Cristo. En Enoc 8:1-3 encontramos: "Y Azazel les enseñó a los hombres a hacer espadas, y cuchillos, y escudos, y corazas, y les dio a conocer los metales de la tierra . . . Y surgió mucha impiedad, y cometieron fornicación, y fueron llevados por mal camino, y se corrompieron en todos sus caminos". El libro de Enoc describe a Azazel como uno de los ángeles que corrompieron al hombre en tiempos pasados. Como resultado de ello, vemos en Enoc 10:4: "Y una vez más el Señor le dijo a Rafael: 'Ata a Azazel de pies y manos, y arrójalo a la oscuridad; y cava un hoyo en el desierto, que está en Dudael, y arrójalo en él".

Notemos cómo encajan estos comentarios sobre Azazel con el destino de los demonios: "Vi a un ángel que descendía del cielo, con la llave del abismo, y una gran cadena en la mano. Y prendió al dragón, la serpiente antigua, que es el diablo y Satanás, y lo ató por mil años; y lo arrojó al abismo, y lo encerró, y puso su sello sobre él, para que no engañase más a las naciones, hasta que fuesen cumplidos mil años; y después de esto debe ser desatado por un poco de tiempo" (Apocalipsis 20:1-3).

Esto es similar a la declaración que se encuentra en Levítico 16:21: "Y pondrá Aarón sus dos manos sobre la cabeza del macho cabrío vivo, y confesará sobre él todas iniquidades de los hijos de Israel, todas sus rebeliones y todos sus pecados, poniéndolos así sobre la cabeza del macho cabrío, y lo enviará al desierto por mano de un hombre destinado para esto". Este es un símbolo del ángel que va a quitar a Satanás y lo va a aislar de la humanidad.

La Biblia afirma una y otra vez que Dios es justo e imparcial, que él finalmente se ocupa del mal. En Salmos 7:11 se nos dice: "Dios es juez justo, y Dios está airado contra el impío todos los días". ¿No es lógico que un Dios justo e imparcial pondría finalmente los pecados del mundo sobre aquel que introdujo el pecado en el mundo en el huerto del Edén? Satanás es el mismo que desde el principio le mintió a Eva y llevó por mal camino a la humanidad.

Entonces, ¡el Día de Expiación debe entenderse como un día de justicia! Un día cuando Dios quitará la influencia maligna que es la causa original de los problemas del mundo presente. La Biblia dice que existe un poder maligno -"el príncipe de la potestad del aire" (Efesios 2:2)- que trata constantemente de frustrar el plan de Dios y se propone ocasionar que la humanidad no se salve.

El hecho de que el diablo y sus secuaces serán quitados de en medio dará como resultado un mundo en el que ya no habrá un poder maligno e invisible que cause problemas. Desde el principio, Satanás y sus demonios han separado a la humanidad de Dios. El resultado de su remoción será que la humanidad entera finalmente podrá tener contacto con Dios y acceso a su dirección en todos los aspectos de la vida. Debemos estar agradecidos que Dios es en verdad justo e imparcial, y que nos ordena guardar el Día de Expiación, fiesta que prefigura la destitución del mal, cuando la influencia maligna sea finalmente quitada de la tierra.

-Bill Jahns

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El Comunicado es una publicación mensual de la
Iglesia de Dios Unida, una Asociación Internacional.

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