¿Qué es la 'abominación desoladora'?
En su profecía más detallada acerca del tiempo del fin, Jesús dijo: “Por tanto, cuando veáis en el lugar santo la abominación desoladora de que habló el profeta Daniel . . . entonces los que estén en Judea, huyan a los montes” (Mateo 24:15-16). ¿A qué se refería?
En Daniel 11, la profecía más extensa y detallada de toda la Biblia, se registró lo que sucedería con los imperios y naciones que lucharían por apoderarse de la Tierra Santa. Con extraordinaria exactitud se mencionan pueblos y gobernantes que vivieron mucho tiempo después de que Daniel escribiera esa profecía, y siglos antes de Cristo (como se explicó en el capítulo III).
Gran parte de la profecía tiene que ver con los reinos de Siria al norte, gobernada por los descendientes de Seleuco, uno de los generales de Alejandro Magno, y Egipto al sur, gobernado por descendientes de Tolomeo, otro de los generales de Alejandro.
Surge un gobernante malvado
A continuación se habla de un gobernante seléucida llamado Antíoco IV, conocido también como Antíoco Epífanes. En Daniel 11:21 leemos: “Y le sucederá en su lugar [el de Seleuco IV] un hombre despreciable, al cual no darán la honra del reino”. La mayoría de los dirigentes sirios, cansados de los abusos de los gobernantes seléucidas, apoyaron al usurpador Heliodoro, quien había envenenado al rey anterior.
“Pero”, como dice la última frase del versículo 21 al referirse a Antíoco, “vendrá sin aviso y tomará el reino con halagos”. Por medio de lo que algunos historiadores han llamado “modales romanos” y muchas lisonjas, en el año 175 a.C. logró obtener la ayuda de Eumenes II, rey de Pérgamo, nación vecina, así como de algunos de los dirigentes locales, para desterrar a Heliodoro y obtener el trono. En el versículo siguiente se explica que todos los que se opusieran a Antíoco serían “barridos” y “destruidos”, y lo fueron.
En ese tiempo Siria dominaba la Tierra Santa. Entre los que fueron “barridos” se incluye a uno mencionado como “el príncipe del pacto” (v. 22). Al parecer, esto se refiere a un judío helenista que cambió su nombre por el nombre griego de Jasón, a quien Antíoco designó para que reemplazara al sumo sacerdote en el sistema de adoración de los judíos. Tres años después, Antíoco decidió sustituirlo con otro helenista (es decir, promotor de la cultura griega) apóstata de nombre Menelao.
Como se lee en los versículos 23-24, algunos dirigentes judíos hicieron un “pacto”, alguna clase de alianza o convenio, con Antíoco, y al principio entró calmadamente “con poca gente” en la Tierra Santa.
¿En qué consistía ese pacto o alianza? El libro apócrifo de 1 Macabeos nos da información histórica de ese tiempo. “Fue entonces cuando aparecieron ciertos israelitas rebeldes que sedujeron a muchos diciendo: Vamos, concertemos alianza con los pueblos que nos rodean. Porque desde que nos separamos de ellos, nos han sobrevenido muchos males. Hallaron buena acogida estas palabras, y algunos del pueblo, más decididos, acudieron al rey y obtuvieron de él autorización para seguir las costumbres de los gentiles. En consecuencia, levantaron en Jerusalén un gimnasio al uso de los paganos, rehicieron sus prepucios, renegaron de la alianza santa para atarse al yugo de los gentiles, y se vendieron para obrar el mal” (1 Macabeos 1:11-15, Biblia de Jerusalén).
Aun así, los grupos apóstatas no abandonaron completamente su costumbre de adorar, cuando menos no por el momento. En todo caso, Antíoco pronto traicionó a los dirigentes judíos despojando a los ricos para darles a los pobres, aunque sólo fue un ardid para ganarse el apoyo del pueblo judío (Daniel 11:24).
Antíoco descarga su ira
Observemos ahora lo que luego habría de acontecer en el año 168 a.C., después de que el rey venciera a Egipto: “Y volverá a su tierra con gran riqueza, y su corazón será contra el pacto santo; hará su voluntad, y volverá a su tierra” (Daniel 11:28). Tal como está registrado en 1 Macabeos 1:20-28, atacó al pueblo judío, mató a muchos, saqueó el templo en Jerusalén y regresó luego a Siria.
Después, Antíoco atacó por segunda vez a Egipto, pero esta vez fracasó en su intento debido a una flota romana que se le opuso, y tuvo que devolverle a Egipto la isla de Chipre. “Al tiempo señalado volverá al sur; mas no será la postrera venida como la primera. Porque vendrán contra él naves de Quitim, y él se contristará, y volverá, y se enojará contra el pacto santo, y hará según su voluntad; volverá, pues, y se entenderá con los que abandonen el santo pacto” (Daniel 11:29-30).
Como se puede leer en 1 Macabeos 1:29-33, “dos años después, envió el rey a las ciudades de Judá al Misarca, que se presentó en Jerusalén con un fuerte ejército. Habló astutamente palabras de paz y cuando se hubo ganado la confianza, cayó de repente sobre la ciudad y le asestó un duro golpe matando a muchos del pueblo de Israel. Saqueó la ciudad, la incendió y arrasó sus casas y la muralla que la rodeaba. Sus hombres hicieron cautivos a mujeres y niños y se adueñaron del ganado. Después levantaron en torno a la Ciudad de David una muralla grande y fuerte, protegida de torres poderosas, y la hicieron su Ciudadela”.
Viene lo peor
En la profecía de Daniel se previene que las tropas de Antíoco “profanarán el santuario y la fortaleza, y quitarán el continuo sacrificio, y pondrán la abominación desoladora” (Daniel 11:31).
En 1 Macabeos se dan otros pormenores: “El rey publicó un edicto en todo su reino ordenando que todos formaran un único pueblo y abandonaran para ellos sus peculiares costumbres. Los gentiles acataron todos el edicto real y muchos israelitas aceptaron su culto, sacrificaron a los ídolos y profanaron el sábado.
“También a Jerusalén y a las ciudades de Judá hizo el rey llegar, por medio de mensajeros, el edicto que ordenaba seguir costumbres extrañas al país. Debían suprimir en el santuario holocaustos, sacrificios y libaciones; profanar sábados y fiestas; mancillar el santuario y los santos; levantar altares, recintos sagrados y templos idólatras; sacrificar puercos y animales impuros; dejar a sus hijos incircuncisos; volver abominables sus almas con toda clase de impurezas y profanaciones, de modo que olvidasen la Ley y cambiasen todas sus costumbres. El que no obrara conforme a la orden del rey, moriría. En el mismo tono escribió a todo su reino.
“Los inspectores, nombrados por el rey para todo el pueblo, ordenaron a las ciudades de Judá que en cada una de ellas se ofrecieran sacrificios. Muchos del pueblo, todos los que abandonaron la Ley, se unieron a ellos. Causaron males al país, y obligaron a Israel a ocultarse en toda suerte de refugios” (1:41-53).
La profanación del templo
Luego, en el versículo 54 se dice que “el día 15 del mes de kisléu del año 145 [que corresponde al “8 de diciembre del 167”, según una nota en la Biblia de Jerusalén] levantaron sobre el altar la abominación de la desolación”.
Al parecer, se refiere a un altar dedicado a Zeus, el dios supremo de la mitología griega (identificado con el Júpiter de los romanos). En 2 Macabeos 6:1-2 podemos ver que el individuo que Antíoco había enviado para obligar a los judíos a renegar de su fe, también llevaba instrucciones “para contaminar el Templo de Jerusalén, dedicándolo a Júpiter Olímpico”. Al fin y al cabo, para la mentalidad helenista el Dios de los hebreos sencillamente equivalía al dios supremo de los griegos.
Más adelante vemos que “a las puertas de las casas y en las plazas hacían quemar incienso. Rompían y echaban al fuego los libros de la ley que podían hallar. Al que encontraban con un ejemplar de la Alianza [copia de las Escrituras hebreas] en su poder, o bien descubrían que observaba los preceptos de la Ley, le condenaban a muerte en virtud del decreto real. Hacían sentir su brutal poder sobre los israelitas que sorprendían un mes y otro en las ciudades, y también el día veinticinco del mes, cuando ofrecían sacrificios en el ara que se alzaba sobre el Altar” (1 Macabeos 1:55-59). De hecho, se sacrificaban cerdos, animales inmundos según la ley divina (Deuteronomio 14:8), sobre el altar de Dios.
En los versículos 60-61 leemos: “A las mujeres que hacían circuncidar a sus hijos las llevaban a la muerte, conforme al edicto, con sus criaturas colgadas del cuello. La misma suerte corrían sus familiares y todos los que habían intervenido en la circuncisión”.
No obstante, aun con toda esta horrible crueldad, muchos se mantuvieron firmes en sus creencias, como podemos ver en los versículos 62-64. “Murieron también muchos israelitas que con entereza y valor se negaron a comer cosa impura, prefiriendo la muerte antes que contaminarse con aquella comida y profanar la alianza santa. Inmensa fue la cólera que descargó sobre Israel”.
A pesar de todo esto, muchos de los que se opusieron no sólo sobrevivieron, sino que, como se explica en los siguientes capítulos del libro de los Macabeos, guiados primeramente por el sacerdote Matatías y luego, a su muerte, por su hijo Judas Macabeo, lucharon ferozmente contra los invasores paganos. Al final, los esfuerzos de todos estos patriotas causaron, en gran parte, que los sirios fueran expulsados de la región.
El cumplimiento futuro de esta profecía
Ahora, con todo esto como antecedente histórico, analicemos la advertencia de Jesús acerca de la abominación desoladora. Cuando la dio, como ya hemos visto, esta parte de la profecía se había cumplido casi 200 años antes. Por tanto, según Jesucristo, esta profecía debe tener un cumplimiento dual.
En Mateo 24 podemos ver que Jesús reveló el tiempo del segundo cumplimiento de tal profecía: “Porque habrá entonces gran tribulación, cual no la ha habido desde el principio del mundo hasta ahora, ni la habrá. Y si aquellos días no fuesen acortados, nadie sería salvo; mas por causa de los escogidos, aquellos días serán acortados” (vv. 21-22).
Esto nos recuerda otra parte de la profecía de Daniel, que dice que el tiempo del fin “será tiempo de angustia, cual nunca fue desde que hubo gente hasta entonces; pero en aquel tiempo será libertado tu pueblo . . . Y muchos de los que duermen en el polvo de la tierra serán despertados . . .” (Daniel 12:1-2).
Así que este horrible período de angustia vendrá al final de la época actual, poco antes del retorno de Jesucristo, quien resucitará a sus fieles seguidores (1 Tesalonicenses 4:15-16). Ciertamente, como podemos ver en los versículos 11 y 13, a Daniel se le dijo que “desde el tiempo que sea quitado el continuo sacrificio hasta la abominación desoladora, habrá mil doscientos noventa días [al parecer, un período de poco más de tres años y medio hasta la resurrección de Daniel y el resto de los santos]”.
Lecciones del primer cumplimiento
Por medio del primer cumplimiento de esta profecía podemos aprender mucho acerca de su segundo y futuro cumplimiento. Antíoco Epífanes fue un tipo del rey del norte del tiempo del fin, el dictador mundial mencionado como la “bestia” en el Apocalipsis. Seguramente este gobernante futuro utilizará la misma clase de argucias y falta de escrúpulos que caracterizaron el gobierno de Antíoco y muchos de sus sucesores, entre ellos Adolfo Hitler.
Además, por lo que ya hemos visto y por otros pasajes bíblicos, parece ser que este gobernante de los últimos días, con el fin de lograr sus propósitos, hará falsos ofrecimientos de paz a los judíos del actual Estado de Israel. Esto podría explicar por qué “el rey del sur” del tiempo del fin, posiblemente un gobernante islámico, contenderá contra el poderío de la bestia final (Daniel 11:40).
¿Qué otros paralelos podemos ver? Parte de la “abominación” de Antíoco tenía que ver con la abolición del sacrificio diario en el templo (v. 31). Sin embargo, en la profecía de Daniel claramente se dice que los sacrificios diarios volverán a ser suprimidos cuando venga la abominación desoladora (Daniel 12:9-13). Al parecer, para que esta profecía se cumpla tendrá que construirse un nuevo altar y ser restablecidos los sacrificios antes del retorno de Jesucristo, el Mesías.
Otra correlación puede ser el hecho de que Antíoco profanó el templo cuando mandó poner allí una estatua de Zeus, al cual sacrificaban cerdos. En la abominación desoladora del tiempo del fin también se menciona un ídolo en un nuevo templo o altar. Ahora, lo que sí sabemos es que dentro del “templo de Dios” se instalará de hecho cierto personaje que se hará pasar por Dios en la carne.
En 2 Tesalonicenses 2:1-12 el apóstol Pablo advirtió acerca de este individuo: “No se dejen engañar [acerca del retorno de Jesucristo] de ninguna manera, porque primero tiene que llegar la rebelión contra Dios y manifestarse el hombre de maldad, el destructor por naturaleza. Éste se opone y se levanta contra todo lo que lleva el nombre de Dios o es objeto de adoración, hasta el punto de adueñarse del templo de Dios y pretender ser Dios” (vv. 3-4, NVI).
A su retorno, Jesucristo destruirá a este gobernante religioso (vv. 5-8), pero no antes de que muchos sean engañados por su “gran poder y señales y prodigios mentirosos” (vv. 9-12).
Además, así como la primera abominación desoladora señaló el comienzo de un período sin precedentes de horror y sufrimiento, la última también iniciará el tiempo más horripilante que haya habido: la futura “gran tribulación” que Jesús mencionó (Mateo 24:21).
Debemos estar muy agradecidos por que Dios prometió enviar a su Hijo de regreso a la tierra, para evitar que la humanidad se destruya a sí misma en ese espantoso tiempo de engaño y destrucción desmedidos. También debemos estarle agradecidos por el admirable ejemplo de los que a lo largo de los siglos se han mantenido firmes —que no han abandonado el camino de Dios— y por la maravillosa esperanza del retorno de Jesucristo, por la resurrección a la vida eterna y por el establecimiento de su glorioso reino aquí en la tierra.
A medida que los acontecimientos mundiales van acercándose cada vez más al cumplimiento de estas profecías, mantengámonos confiando en que Dios siempre estará ayudándonos, aun en los momentos más difíciles, particularmente cuando nos ha hecho saber algunas de las cosas que sucederán durante el tiempo del fin.
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