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Las Consecuencias de Ciertas Ideas
No existe
nada que ejerza un mayor efecto en nuestros principios morales que el
hecho de creer o no en Dios. Las decisiones que tomamos en este aspecto
tienen consecuencias en nuestras propias vidas y, colectivamente, en la
sociedad. Nuestra actitud hacia la ley, el respeto y reconocimiento de
la autoridad, el respeto por las vidas que están en gestación y hasta
por nuestra actividad sexual, son motivados en gran parte por nuestra
creencia —o falta de ella— en Dios. Nuestro comportamiento general, así
como nuestro amor y dedicación en las relaciones interpersonales,
generalmente se reducen a un concepto fundamental: ¿Le creemos a Dios
cuando nos habla por medio de su Palabra escrita? (Hebreos
1:1-2).
En los dos
últimos siglos la humanidad ha venido pasando por una supuesta época de
ilustración avanzada en la cual el claro mensaje de filósofos y
científicos es que el hombre no necesita a Dios para que le diga qué es
correcto y qué no lo es. Como resultado, el ateísmo y el materialismo
han venido siendo cada vez más aceptados como la pauta que se debe
seguir. Los que creen en Dios y en la veracidad de la Biblia,
generalmente son considerados como ignorantes, supersticiosos o
anticuados, y en ocasiones hasta peligrosos.
Richard Dawkins, decidido defensor de
la teoría de la evolución, escribió: “Es absolutamente seguro que, si
usted conoce a alguien que dice no creer en la evolución, esa persona es
ignorante, lerda o chiflada (o malvada, pero prefiero no pensar eso)”
(análisis del libro
Blueprints
[“Planos”], publicado en el diario
The New York
Times el 9 de abril de 1989).
Las
instituciones educativas y gubernamentales que más influencia ejercen en
el pensamiento y conducta de la sociedad, en su mayoría han expulsado a
Dios de sus salones. La gran mayoría de los cursos de filosofía,
sicología, ciencia e historia parten de una premisa evolucionista: que
Dios no existe y que la vida surgió espontáneamente y por casualidad.
Por tanto, en sus planes de estudio no se toma en consideración ningún
propósito general o significado decisivo para la vida humana.
¿Adónde nos
conduce todo esto?
Un
móvil disimulado
¿Cuáles son
los resultados de negar la existencia del Creador? ¿Acaso no daña y
tergiversa el razonamiento de uno? En la Biblia leemos: “Dice el necio
en su corazón: No hay Dios” (Salmos 14:1). Y en ese mismo versículo se
nos habla de los resultados de tal actitud: “Se han corrompido, hacen
obras abominables; no hay quien haga el bien”. Su perspectiva se vuelve
completamente pervertida.
Dios
entiende muy bien los móviles de quienes niegan la realidad de que él
existe. Cuando se convencen a sí mismos de que Dios no existe, ya no les
importa lo que es bueno o lo que es malo. No tienen ninguna norma
decisiva que guíe su comportamiento; por lo tanto, no ven por qué no han
de hacer lo que les plazca.
El escritor Aldous Huxley (1894-1963),
miembro de una distinguida familia inglesa de intelectuales, reconoció:
“Yo tenía motivos para no querer que el mundo tuviera un significado;
por consiguiente, supuse que no tenía ninguno, y sin dificultad alguna
pude encontrar razones satisfactorias para esta presunción . . .
Los que no encuentran
significado en el mundo, generalmente no lo encuentran porque, por una
razón u otra, a ellos les resulta más conveniente un mundo sin
significado” (Ends
and Means [“Fines y
medios”], 1946, p. 273).
¿Adónde
conduce semejante forma de pensar? El mismo Huxley lo explica: “Para mí
mismo, como sin duda para la mayoría de mis contemporáneos, la filosofía
de la carencia de significado fue básicamente un instrumento de
liberación. La libertad que deseábamos era tanto la emancipación de
cierto sistema político y económico como de cierto sistema de moralidad.
Rechazamos la moralidad
porque
obstaculizaba nuestra libertad sexual . . .
Había un método admirablemente sencillo para refutar a esa gente y al
mismo tiempo
justificarnos nosotros mismos en nuestra
rebeldía política y erótica: Pudimos negar que el mundo tenía
significado alguno” (ibídem,
p. 270).
Huxley
abiertamente declaró que fue su deseo de liberarse de las normas morales
lo que los impulsó a él y a otros que compartían sus ideas a plantear
una premisa que les permitiera desechar todo concepto de obligaciones
morales absolutas.
¿Cuántos
estudiantes en nuestras instituciones educativas tienen siquiera idea de
que fueron estos los móviles que dieron forma a las teorías y filosofías
que ahora se les enseñan como realidades? Probablemente muy pocos, si
acaso hay alguno. Pero el hecho es que la teoría de que la vida
evolucionó caprichosamente fue generada y alimentada por el antagonismo
contra las normas y principios de Dios.
El
regocijo de negar a Dios
El hermano
de Huxley, Julian (1887-1975), fue más tajante aún: “Es formidable el
alivio espiritual que se experimenta al rechazar la creencia en Dios
como un ser sobrehumano” (Essays of
a Humanist [“Ensayos de un humanista”], 1966, p. 223).
Aldous y
Julian Huxley fueron nietos de Thomas Huxley (1825-1895), amigo íntimo
de Darwin y entusiasta impulsor de la teoría de la evolución. Al
principio de la polémica sobre la evolución, Thomas Huxley confesó sus
prejuicios antirreligiosos a un amigo biólogo: “Me agrada que tú veas la
importancia de hacerles la guerra a los clérigos . . .
Deseo que la próxima generación pueda estar menos
encadenada de lo que ha estado la mía a las crasas y estúpidas
supersticiones de la ortodoxia [religiosa]. Y me sentiré muy
satisfecho si puedo tener aunque sea un pequeño éxito en hacer que esto
suceda” (The Columbia History of the
World [“Historia del mundo, de Columbia”], 1972, p. 957).
Más
recientemente, el paleontólogo Stephen Jay Gould aseveró: “Estamos aquí
porque un raro grupo de peces tuvo unas aletas particulares que pudieron
transformarse en piernas para ser criaturas terrestres; porque algunos
cometas se estrellaron en la Tierra y extinguieron a los dinosaurios, lo
que dio la oportunidad a los mamíferos que de otra forma no la hubieran
tenido (así que literalmente agradézcanles a sus estrellas de la
suerte); porque la tierra nunca se congeló totalmente durante la edad de
hielo; porque una pequeña y fina especie, que surgió en África hace unos
250.000 años, se las ha arreglado de alguna manera para sobrevivir hasta
ahora.
”Podemos
anhelar una respuesta ‘de más arriba’, pero no existe ninguna. Aunque a
primera vista esta explicación es molesta, si no es que aterrorizadora,
en última instancia es liberadora y estimulante” (David Friend,
The Meaning of Life [“El
significado de la vida”], 1991, p. 33).
Pero ¿por
qué habría alguien de sentirse liberado y estimulado al convencerse de
que Dios no existe?
El problema está en el corazón. Uno de
los antiguos profetas lo explicó así: “Engañoso es el corazón más que
todas las cosas, y perverso; ¿quién lo conocerá?” (Jeremías 17:9). Dios
revela los oscuros propósitos de quienes intencionadamente se ponen en
contra de él: “Vocean pomposas vaciedades y, excitando los deseos de la
carne y el desenfreno, seducen a los que apenas empiezan a apartarse de
los que viven en el extravío. Les prometen libertad, ellos los esclavos
de la corrupción: pues cuando uno se deja vencer por algo, queda hecho
su esclavo”(2 Pedro 2:18-19, Nueva Biblia Española).
Nosotros debemos proteger nuestras
mentes de esas “pomposas vaciedades” con que constantemente nos
bombardean quienes promueven la falsa teoría de la evolución. Tales
conceptos tienen un efecto progresivo y traicionero en nosotros y en la
sociedad, un efecto que la Biblia llama esclavitud.
Examinemos el motivo
Dios
claramente nos hace saber el motivo de los que niegan su existencia. Por
medio del apóstol Pablo nos explica que algunos lo rechazan a fin de
satisfacer sus propios apetitos. Notemos cómo ocurre y cuáles son las
trágicas consecuencias: “Lo que de Dios se conoce les es manifiesto,
pues Dios se lo manifestó. Porque las cosas invisibles de él, su eterno
poder y deidad, se hacen claramente visibles desde la creación del
mundo, siendo entendidas por medio de las cosas hechas, de modo que no
tienen excusa. Pues habiendo conocido a Dios, no le glorificaron como a
Dios, ni le dieron gracias, sino que se envanecieron en sus
razonamientos, y su necio corazón fue entenebrecido” (Romanos 1:19-21).
Lo que
Pablo nos dice aquí es que cuando vemos el cielo y analizamos el mundo
que nos rodea, debería resultarnos innegable la mano creadora de Dios.
Una persona consciente reconocerá que Dios existe por la prueba misma de
que tiene ojos para ver. Pablo está diciendo que uno debe llegar a la
conclusión de que Dios es el Creador y reconocer muchas de sus
características al observar las cosas maravillosas que ha hecho.
Discurrir otra cosa —que el Sol, la Luna, la Tierra y las estrellas
surgieron espontáneamente de la nada— es completamente incongruente.
No obstante, los prejuicios de algunas
personas en contra de la existencia de Dios son tan profundos que los
hace razonar precisamente lo contrario: que el mundo físico no exige la
existencia de un Creador. En los versículos 22 y 23 Pablo sigue
describiendo lo que sucede en las mentes de estas personas: “Profesando
ser sabios, se hicieron necios, y cambiaron la gloria del Dios
incorruptible en semejanza de imagen de hombre corruptible, de aves, de
cuadrúpedos y de reptiles”. Les atribuyen poderes divinos a las
criaturas y rechazan al Creador.
¿Ha sido
usted engañado por ese falso razonamiento al suponer que los eruditos de
este mundo son sabios tan sólo porque pueden observar similitudes en las
plantas y animales, y luego elaboran hipótesis en las que aseguran que
todos tienen un antepasado común?
Pablo continúa diciendo: “Por lo cual
también Dios los entregó a la inmundicia, en las concupiscencias de sus
corazones, de modo que deshonraron entre sí sus propios cuerpos, ya que
cambiaron la verdad de Dios por la mentira, honrando y dando culto a las
criaturas antes que al Creador, el cual es bendito por los siglos. Amén”
(vv. 24-25).
¿Adónde
conduce tal forma de pensar? Pablo también examina el fruto de la mente
que no tiene en cuenta a Dios: “Por esto Dios los entregó a pasiones
vergonzosas; pues aun sus mujeres cambiaron el uso natural por el que es
contra naturaleza, y de igual modo también los hombres, dejando el uso
natural de la mujer, se encendieron en su lascivia unos con otros,
cometiendo hechos vergonzosos hombres con hombres, y recibiendo en sí
mismos la retribución debida a su extravío” (vv. 26-27).
Luego el
apóstol llega al meollo del asunto. Tal como lo expresó tan abiertamente
Aldous Huxley, la gente no quiere que Dios les prohíba satisfacer sus
apetitos carnales: “Como ellos no aprobaron tener en cuenta a Dios, Dios
los entregó a una mente reprobada, para hacer cosas que no convienen;
estando atestados de toda injusticia, fornicación, perversidad,
avaricia, maldad; llenos de envidia, homicidios, contiendas, engaños y
malignidades; murmuradores, detractores, aborrecedores de Dios,
injuriosos, soberbios, altivos, inventores de males, desobedientes a los
padres, necios, desleales, sin afecto natural, implacables, sin
misericordia” (vv. 28-31).
Estos son
los resultados previsibles cuando no se tiene en cuenta a Dios (v. 28).
Nos describen una sociedad que no acepta a Dios y su ley moral, y
tampoco admite los principios establecidos de lo que es correcto y lo
que no lo es.
“Dios está muerto”
Friedrich
Nietzsche (1844-1900), uno de los filósofos más famosos de la época
moderna, tuvo que ver mucho con los ataques a Dios como la fuente de las
normas morales absolutas. Sus conceptos tuvieron un efecto dramático en
algunos de los hombres más influyentes del siglo 20, especialmente en
Adolfo Hitler.
Nietzsche
pretendió reemplazar la religión cristiana (con su creencia y confianza
en Dios) con un mundo nuevo de fundamento ateo. Intentó redefinir la
vida humana sin Dios. Declaró que los principios cristianos debilitaban
al hombre y le impedían llegar a la verdadera grandeza que llevaba
dentro. El cristianismo con sus principios de moralidad, arrepentimiento
y humildad eran conceptos degradantes que tenían que ser rechazados a
fin de que la humanidad pudiera liberarse y aspirar a más grandes
alturas y escalar las montañas del triunfo individual.
Nietzsche
apoyó fuertemente el concepto de que, como él lo expresó: “Dios está
muerto”. Escribió su filosofía en un estilo que estimulaba la emoción y
la imaginación. Alegó que ya que Dios estaba muerto, nosotros los
humanos merecíamos ocupar su lugar. No obstante, escribió que el hombre
no estaba listo para tan alto puesto, y que hasta que pudiera estarlo
debía pasar por un tiempo de cambio y revolución. Pero el día vendría
cuando este mundo ateo sería recibido en los brazos de un super-libertador
filosófico.
Aparece el superhombre
Las
conjeturas de Nietzsche se hicieron realidad en parte. Sus enseñanzas
nihilistas estaban listas para ser adoptadas por un mundo que estaba
cambiando rápidamente debido a la influencia de los filósofos que lo
habían precedido: el escéptico David Hume; Emmanuel Kant, quien
glorificó la superioridad del razonamiento humano; y el existencialista
Sören Kierkegaard. Aparecieron grandes hombres, ateos y menospreciadores
de la religión, quienes intentaron ser lo que el mundo estaba esperando:
el nuevo superhombre. Hombres como Adolfo Hitler, José Stalin, Mao Tse-tung
y Pol Pot fueron producto de esa filosofía experimental.
El
historiador Paul Johnson escribió: “Friedrich Nietzsche . . . vio a Dios
no como una invención sino como una víctima, y su fallecimiento . . .
como un importante acontecimiento histórico, el cual tendría dramáticas
consecuencias. En 1886 él escribió: ‘El acontecimiento más grande de los
últimos años —que “Dios está muerto”, que la creencia en el Dios
cristiano ya no se puede sostener— ha empezado a proyectar sus primeras
sombras sobre Europa’.
”Para las razas avanzadas, la
decadencia y finalmente el derrumbe del fervor religioso dejaría un gran
vacío. La historia de la era moderna es en gran parte la historia de
cómo se ha llenado ese vacío. Nietzsche correctamente entendió que el
postulante más factible sería lo que él llamó ‘la voluntad del
poderío’ . . .
”En lugar
de la creencia religiosa estaría la ideología secular. Los que una vez
habían sido los jerarcas del clero totalitario vendrían a ser los
políticos totalitarios. Y sobre todo, la voluntad del poderío produciría
una nueva clase de mesías, no refrenado por prohibiciones religiosas de
ninguna índole, y con un apetito insaciable por controlar a la
humanidad. El fin del viejo orden, con un mundo sin guía y a la deriva
en un universo relativista, era una invitación para que aparecieran
estadistas tipo gángster. No tardaron en aparecer” (A
History of the Modern World From 1917 to the 1980s [“Historia de
la era moderna desde 1917 hasta los años ochenta”], 1983, p. 48).
Mirando retrospectivamente en el siglo
20, Paul Johnson escribió: “Hemos vivido un terrible siglo de guerra y
destrucción precisamente porque hombres poderosos se apropiaron de las
prerrogativas de Dios. Yo le llamo al siglo 20 el Siglo de la Física,
iniciado por las teorías especiales y generales de Einstein. Durante
este período la física vino a ser la ciencia predominante, la cual
produjo la energía nuclear y los viajes espaciales.
”El siglo
también produjo la ingeniería social, la práctica de mover grandes
multitudes de gente de un lugar a otro como si fueran arena o concreto.
La ingeniería social fue una característica clave en los regímenes
totalitarios del nazismo y el comunismo, donde fue combinada con el
relativismo moral (la creencia de que lo correcto y lo incorrecto puede
ser cambiado según los gustos de las sociedades humanas) y la negación
de los derechos de Dios.
”Para Hitler, la ley superior del
partido fue más importante que los Diez Mandamientos. Lenin alabó la
conciencia revolucionaria como una guía más segura para la humanidad que
la conciencia creada por la religión” (“The Real Message of the
Millennium” [“El verdadero mensaje del milenio”], artículo publicado en
la revista
Reader’s Digest
en inglés, diciembre de 1999, p. 65).
Ingeniería social
Carlos
Darwin fue quien les dio a los filósofos lo que buscaban. Antes de
Darwin, los conceptos eran vagos, quizá reacciones en contra de abusos
previos de organismos y gobiernos corruptos. Darwin le dio vida a la
filosofía nihilista, existencialista y racionalista. Con su teoría de la
selección natural pudo explicar científicamente —cuando menos en teoría—
que, al fin y al cabo, no tenía que haber un Creador. La vida podía
haber surgido por sí misma y luego evolucionado sin Dios.
Así la
filosofía y la ciencia se unieron para acabar con el control que la
religión ejercía sobre las masas. Con la teoría de la evolución —y las
secuelas de semejante forma de pensar— vendría el siglo más sangriento
de la historia.
El
distinguido moralista Víctor Frankl, sobreviviente de Auschwitz,
escribió: “Si le enseñamos al hombre un concepto del hombre que no es
verdad, podemos pervertirlo. Cuando lo presentamos como . . . un
conjunto de instintos, como un esclavo de impulsos y reacciones, como un
simple producto de la herencia y del medio ambiente, alimentamos el
nihilismo al cual el hombre de hoy está, en todo caso, propenso.
”Yo pude
familiarizarme con la última etapa de la corrupción en Auschwitz, mi
segundo campo de concentración. Las cámaras de gas de Auschwitz eran el
resultado final de la teoría de que el hombre no es más que producto de
la herencia o del medio ambiente . . . Estoy
absolutamente convencido de que, al fin y al cabo, las cámaras de gas de
Auschwitz, Treblinka y Maidanek fueron preparadas no en algún ministerio
en Berlín, sino más bien en los escritorios y en las salas de
conferencias de los científicos y filósofos nihilistas” (The
Doctor and the Soul: Introduction to Logotherapy
[“El médico y el alma: Introducción a la logoterapia”],
1982, p. xxi).
Las
palabras de Hitler, inscritas en Auschwitz con la esperanza de que el
hombre nunca más descienda a tal grado de salvajismo, son un serio
recordatorio de lo que sucede cuando rechazamos los principios morales
de Dios: “Yo liberé a Alemania de las estúpidas y degradantes falacias
de conciencia y moralidad . . . Adiestraremos jóvenes
ante quienes el mundo temblará. Quiero gente joven capaz de ser
violenta: autoritaria, implacable y cruel” (Ravi Zacharias,
Can Man Live Without God?
[“¿Puede el hombre vivir sin Dios?”], 1994, p. 23).
La
supervivencia del más apto
Mirando
retrospectivamente podemos entender cómo los conceptos de un mundo sin
Dios, entre ellos que el género humano sobrevivió por el principio de la
supervivencia del más apto, y que los seres humanos pueden alcanzar un
grado sumo de poder, condujeron inevitablemente al vergonzoso hecho de
que, tan sólo en la primera mitad del siglo 20, más personas fueron
muertas por otras personas que en toda la historia de la humanidad hasta
ese tiempo. La justificación para la mayor parte de esta matanza fue el
concepto de la selección natural que forma parte del darvinismo.
La aplicación del principio de la
supervivencia del más apto en los seres humanos vino a ser conocido como
darvinismo social. Aunque Darwin, al parecer, no condonaba esta
generalización de su teoría de la selección natural dentro de las
relaciones sociales, sí aseveraba que la evolución humana avanzaba por
medio de guerras y luchas.
“Hay unos
pocos evolucionistas que se han sentido avergonzados por las
implicaciones sociales de la evolución y han hecho hincapié en la
colaboración (en lugar de las luchas) como un elemento de la evolución.
Otros han dicho que ha sido utilizada erróneamente para defender el
militarismo y los abusos sociales.
”Desde
luego, la aplicación darviniana de la supervivencia del más apto en las
relaciones humanas, por gente sin escrúpulos, no tiene ninguna relación
directa con el asunto de si los humanos u otras criaturas evolucionaron
de formas sencillas de vida. Pero estos abusos han sido permitidos y
fomentados utilizando la evolución como pretexto; y si la evolución no
es verdad, resulta más trágico aún” (Bolton Davidheiser,
Evolution and Christian Faith
[“La evolución y la fe cristiana”], 1969, p. 354).
El
futuro de la evolución
No hay duda
de que el principio de la evolución, que dio su fruto mortal a todo lo
largo del siglo 20, habrá de seguir floreciendo en este siglo. Ahora el
afán está centrado en mejorar genéticamente al género humano. Algunos
investigadores hablan ya de prolongar la vida y eliminar las
enfermedades por medio de tratamientos y trasplantes genéticos. Ya es
común hablar de mejorar las capacidades físicas y mentales y dar
talentos naturales individualmente por medio de la manipulación
genética. Por ahora se está luchando con los aspectos legales,
emocionales y éticos que tienen que ver con tales prácticas.
En
síntesis, el hombre cree que puede encauzar su propia evolución. Quizá
eso no sea una idea tan rara. Es el resultado natural del intento del
hombre por alcanzar una vida superior sin Dios; y quizá hasta piense que
por medio de la evolución artificial puede llegar a vencer la muerte y
por fin lograr la inmortalidad.
De todas formas, sería mucho más fácil
y seguro creerle a Dios. El hombre puede lograr todo lo que es bueno
para él ahora —una vida física feliz y productiva— y en un tiempo
futuro, la inmortalidad. Pero quiere lograrlo por sus propios medios,
sin reconocer ni obedecer a su Creador. Su naturaleza carnal lo lleva a
satisfacer sus deseos egoístas, lo que le acarrea los sufrimientos
físicos, mentales y emocionales que son el resultado de quebrantar las
leyes de Dios. Pero
valiéndose de la inteligencia que Dios le dio, trata de eludir las
consecuencias.
Resulta irónico ver cómo
el hombre se aferra a su creencia en leyes físicas y naturales
definitivas, pero se opone fuertemente a la idea misma de que las leyes
espirituales de Dios son igualmente definitivas e inalterables. Cuando
se trata de su comportamiento, de alguna manera encuentra la forma de
convencerse de que Dios no existe, creyendo que así podrá evitar las
consecuencias. Pero no nos equivoquemos: Cuando el hombre quebranta
cualquiera de las leyes de Dios, cosechará el fruto de sus obras, crea o
no en la existencia de un Gobernante supremo. |