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El Propósito de la Vida
¿Tiene algún significado la vida sin Dios? ¿Existe
un propósito para el planeta Tierra y los que moramos en él? Si así es,
¿cuál es el propósito?
En el libro
A Brief
History of Time (“Breve historia del tiempo”),
el autor Stephen Hawking explica su punto de vista acerca de la
naturaleza del universo; luego dice: “Si encontramos la respuesta a eso
[la pregunta sobre por qué existimos nosotros y por qué existe el
universo], será el triunfo máximo del razonamiento humano, porque
entonces conoceremos la mente de Dios” (p. 175).
La respuesta a esa pregunta no podrá venir nunca de
la inteligencia o razonamiento humanos, sino sólo del único Ser que
trasciende nuestro universo físico. Si no se tiene en cuenta a Dios, no
se puede conocer el propósito que tiene para el hombre y el universo.
Desde los albores de la historia humana, el
significado de la vida ha sido una gran incógnita. Es parte de nuestra
naturaleza hacer preguntas como: “¿Por qué estoy aquí?” y “¿Cuál es el
propósito de la vida?”
Dios creó al hombre con un propósito, pero son muy
pocos los que lo conocen. Conocer y creer realmente ese trascendental
propósito puede llenar nuestra vida de gran significado. Pero sólo
podremos entender nuestro propósito en la vida si buscamos las
respuestas en aquel que la creó.
¿Propósito sin Dios?
Consideremos primero el significado de la vida como
si la evolución fuera verdad y no hubiera un Dios creador que haya
tenido y tenga algo que ver con la humanidad.
Si no hubiera Dios, no habría posibilidad alguna de
vida después de la muerte y ciertamente tampoco sería posible la
inmortalidad. La vida terminaría en el sepulcro. No habría ningún
propósito trascendental que diera significado a nuestras vidas. Nuestra
existencia no tendría más significado que la de cualquier animal o
insecto que lucha por sobrevivir hasta el momento de la muerte. Todos
los logros, todos los sacrificios, todas las cosas buenas y maravillosas
que hicieran tanto mujeres como hombres, finalmente vendrían a ser
esfuerzos inútiles en un universo finito encaminado hacia su propia
ruina.
Carl Sagan, fallecido astrónomo y escritor, no creía
en Dios. Cuando su esposa murió después de 20 años de matrimonio, él
creyó que nunca la volvería a ver. Al sentir que se aproximaba su propia
muerte, manifestó el típico anhelo humano mezclado con la vacuidad
inherente al ateísmo: “Me gustaría creer que cuando muera viviré
nuevamente, que alguna parte de mis pensamientos, sentimientos y
recuerdos habrá de continuar. Pero por mucho que quiera yo creer eso, y
a pesar de las antiguas tradiciones culturales del mundo que aseguran
que hay una vida futura, no conozco nada que indique que esto no es más
que una ilusión” (“In the Valley of the Shadow” [“En el valle de la
sombra”], revista
Parade, 10 de marzo de 1996).
Cuando uno hace a un lado la perspectiva y esperanza
de una vida futura, su vida queda sin valor ni propósito. ¿Qué
diferencia habría finalmente en que viviéramos como una madre Teresa o
un Adolfo Hitler? El destino de todos sería el mismo. Las buenas obras
de la gente no afectarían de ninguna forma su destino o el destino del
universo. Esta es la desolada perspectiva de quienes basan sus creencias
en el ateísmo, la evolución y el concepto de que esta vida es todo lo
que hay.
En cambio, si Dios existe, nuestras vidas tienen un
significado eterno porque nuestra esperanza no es la muerte sino la vida
eterna (ver “¿Por qué nació usted?”, p. 22). Si Dios existe, entonces
tenemos normas definidas sobre el bien y el mal que provienen de la
naturaleza de Dios. Esto hace que nuestras decisiones morales en la vida
sean profundamente significativas.
Hablando en general, hay tres filosofías que
pretenden explicar el significado de la vida sin Dios y que niegan la
posibilidad de vida después de nuestra existencia física. Éstas ejercen
un tremendo efecto en el mundo y la forma en que la gente vive.
El nihilismo
La primera conclusión que emana del ateísmo es que ni
la existencia humana, ni sus leyes e instituciones, tienen significado
alguno. Esta es la filosofía nihilista: dado que Dios no existe, el
universo y todo lo que hay en él carece de metas o finalidad. Somos
sencillamente el producto de la materia, el tiempo y la casualidad. No
hay vida después de nuestra existencia temporal. Somos los únicos amos
de nuestra vida en este planeta, y lo que hagamos en nuestra corta
duración está supeditado a nuestras propias fuerzas.
Esta perspectiva niega la existencia de principios
absolutos. Niega la existencia de cualquier plan básico para la
instauración de la ética, la moral o la verdad. Asegura que uno tiene
plena libertad para adoptar el patrón de conducta que le guste, en lugar
de someterse a un sistema absoluto de principios morales.
Las normas y decisiones de uno están determinadas por
lo que le parezca bien, por lo que le cause satisfacción o placer
personales. No proporciona ningún argumento razonable para vivir una
vida moral. Uno puede optar por ajustarse a los principios morales de la
sociedad si eso le resulta más conveniente, pero no le obliga a ser una
persona moral si el serlo va en contra de sus intereses personales. En
este sentido un ateo puede seguir ciertos principios morales, pero
debemos entender que un ateo o existencialista no reconoce autoridad
alguna para esos principios.
Esta filosofía nihilista
dio origen a la declaración de que “Dios está muerto”. Esta frase
tácitamente manifiesta que Dios y sus leyes carecen de importancia y que
no deben ser esgrimidos para presionar a la gente a que tenga verdaderos
principios morales. Sugiere que uno puede hacer lo que le plazca.
Esta filosofía, que echó
raíces en el decenio de 1960, llevó a toda una generación a hacer lo que
bien le parecía. Dio cabida a una época de rebelión en contra de
antiguos principios tradicionales. Hubo una explosión en la violencia,
el libertinaje sexual y el uso de los estupefacientes. Las normas
morales y el número de matrimonios y familias armoniosos decrecieron
inmensamente.
Como resultado de este rechazo de las normas y
principios bíblicos, sociedades completas se han corrompido. Ha habido
millones de víctimas. Los conceptos tienen consecuencias, y las
consecuencias de esta filosofía han sido horrendas.
El humanismo
La siguiente filosofía es semejante. El humanismo
también sostiene la idea de que el universo existe sin propósito alguno,
que somos el resultado de un desarrollo ciego que carece totalmente de
significado.
No obstante, el humanismo se distingue del nihilismo
en que la vida puede tener un significado si nosotros le damos uno. La
vida puede tener tanto significado como nosotros se lo demos. Vale la
pena vivir la vida porque nosotros la hacemos valer y podemos
disfrutarla. Sin embargo, como en el nihilismo, no se reconoce ningún
principio extrínseco. Esta perspectiva sostiene que una persona puede
tener principios morales porque crearlos y vivir de acuerdo con ellos le
proporciona satisfacción personal.
Realmente no hay mucha diferencia entre el humanismo
y el nihilismo. El enfoque humanístico reconoce que existen ciertos
principios, pero los principios no son extrínsecos ni universales ni
permanentes. Nadie está obligado a tener moral y no existen principios
absolutos.
El humanismo carece de objeciones morales en contra
de la conducta inmoral. Es decir, si no existen principios absolutos,
uno no puede probar que algo es incorrecto o que es malo. Por tanto,
nadie está en situación de juzgar o condenar las decisiones o acciones
de los demás.
El propósito inherente
Una tercera filosofía reconoce la existencia de
principios extrínsecos, pero sostiene que existen independientemente de
Dios; es decir, no dependen de él para su existencia.
Según esta perspectiva, el hombre tiene el suficiente
discernimiento para estar consciente de los principios morales que
existen. Pero una vez más, es el hombre quien descubre la moralidad y
posee la facultad de vivir por los principios morales que él escoja. No
necesita a Dios para que le diga cuáles son los verdaderos principios
morales o cómo debe vivir. Por tanto, no hay necesidad de Dios. El
significado de la vida no depende de la existencia de Dios ni de algo
fuera de la vida física.
Estas tres filosofías
tienen algo en común: No tienen en cuenta a Dios y no ofrecen ninguna
esperanza de vida después de la muerte. De hecho, la premisa de las tres
filosofías es que el hombre vino de la nada, que ha evolucionado hasta
llegar a ser la forma más compleja de vida, y que está en condiciones de
seguir los principios que más le convienen y determinar su propia
conducta y su futuro.
Estas filosofías aseguran también que no hay vida
después de la muerte, que todo lo que hay es esta vida. De nuestro punto
de vista depende que la vida tenga o no significado. El resultado es que
todo lo que logramos es pasar nuestros genes y filosofías a nuestros
descendientes con la esperanza de que ellos puedan llegar a ser seres
superiores. Desde luego, todo se resume en que la evolución no ha
terminado y que estamos en un proceso hacia un mayor desarrollo.
Lo más importante de la vida
¿Podemos tener un propósito verdadero y principios
definitivos sin Dios? La gente puede desentrañar algún significado en la
vida con estas filosofías, si es que su definición de significado es “un
sentido de felicidad temporal y de gozos momentáneos”. Desgraciadamente,
son muchos los que creen que este es el significado de la vida. Pero
estas filosofías o perspectivas en realidad no pueden contestar las
preguntas relacionadas con el verdadero significado. Solamente si
tenemos en cuenta a Dios podemos encontrar las respuestas claras, y esas
respuestas no sólo le dan significado a esta vida ahora, sino que
también satisfacen nuestro anhelo de tener un propósito que trascienda
esta vida.
De todas las criaturas que
existen, el hombre es el único ser en la creación que puede siquiera
considerar el asunto del significado de la vida, adorar a Dios y
manifestar una creencia en la vida después de la muerte. A diferencia de
los animales, los humanos podemos intuir la eternidad y la inmortalidad.
¿Por qué somos diferentes? ¿No será que nuestra
capacidad para imaginarnos el futuro, esperando vivir más allá de esta
vida física, fue puesta dentro de nosotros por un Creador debido
precisamente al propósito eterno que tiene con los seres humanos? Hace
unos 3.000 años el rey Salomón, refiriéndose a su Creador, escribió:
“Todo lo hizo hermoso en su tiempo; y ha puesto eternidad en el corazón
de ellos [los humanos], sin que alcance el hombre a entender la obra que
ha hecho Dios desde el principio hasta el fin” (Eclesiastés 3:11). Dios
nos dio la facultad de hacer preguntas, pero no la capacidad para saber
las respuestas, a menos que sinceramente lo busquemos y confiemos en él.
Si decidimos no creer que Dios hizo el universo,
entonces tendremos que creer que toda esperanza en el futuro y el deseo
de un significado que trascienda nuestra vida física, son vanos.
Irónicamente, si fueran ciertos los principios bajo los cuales se supone
que funciona la evolución, los humanos no tendríamos para qué cultivar
esta faceta de nuestro intelecto, pero el hecho es que sí reflexionamos
acerca de estas cosas.
Los humanos somos creación de Dios, y él tuvo sus
razones para ponernos en este planeta. Nosotros no valemos por nosotros
mismos, sino porque Dios nos creó a su imagen y semejanza. Es Dios quien
le da valor a la vida humana.
El problema está en que, al no tener en cuenta a Dios,
hemos buscado desesperadamente por todas partes tratando de encontrar
nuestro propio valor. Hemos ideado sicologías que nos hacen sentir más
importantes. Tácitamente, un sacerdocio de sicólogos nos dice que
podemos salir de los problemas que nosotros mismos nos hemos creado con
tan sólo pensar que podemos hacerlo.
La mayor parte de la
sicología fue formulada para adaptarse a una perspectiva atea de la
creación. Rechaza el concepto de que nuestra valía proviene de un
Creador que le dio un propósito al hombre antes de crearlo.
Los principios morales de Dios están incorporados en
las leyes que le ha dado al hombre. Contrario a las tendencias
predominantes de la sicología, la forma en que vivimos no debe ser
determinada por cómo nos hacen
sentir
nuestros hechos. Dios dio sus leyes para
nuestro bien. Cuando las obedecemos, no sólo nos traen felicidad y
realización en esta vida, sino que nos dan una idea de lo que Dios es.
En cierto sentido, la ley de Dios es lo que él es, pues sus leyes
reflejan su carácter y naturaleza.
¿Privilegio inapreciable o sustituto barato?
De toda la creación, únicamente a nosotros nos ha
dado Dios la capacidad de decidir si hemos de vivir por sus leyes o por
los principios y reglas que establezcamos según nuestro parecer. Las
leyes de Dios no son simples deberes; antes bien, él nos hizo de tal
manera que podamos llegar a estar más felices, más satisfechos y más
realizados al hacer lo que él nos manda. Dios sabe qué es lo mejor para
nosotros, ya que fue él quien nos hizo; nos da las instrucciones que nos
beneficiarán.
El hombre no es un simple
títere en las manos de Dios. A nosotros nos corresponde
decidir si hacemos
o no lo que él nos manda (Deuteronomio 30:19). Podemos reconocerlo como
nuestro Creador y el Dador de las leyes que rigen el universo, o podemos
negar que existe. Podemos escoger vivir una vida sin significado o una
vida con propósito.
Si pensamos que somos la forma
más alta de vida en el proceso de la evolución, y que por lo tanto somos
mucho, la realidad es que estamos negando el insuperable valor que Dios
mismo nos dio. Nuestra existencia y nuestro futuro pierden el valor que
tienen por el hecho de ser hijos de Dios, y quedan reducidos al de una
especie animal. Es en verdad trágico que el hombre, por su vana actitud
de creerse importante, haya despreciado el inapreciable privilegio de
llegar a ser un hijo de Dios, quien quiere darle la vida eterna para que
pueda compartir con él el universo en toda su gloria y majestad.
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