Iglesia de Dios Unida
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Clyde Kilough |
Roy Holladay |
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Después
de dos largos días de trabajo de comité, hoy comenzamos formalmente nuestra
reunión trimestral del Consejo de Ancianos aquí en la oficina central. Como es
usual, tenemos por delante una lista completa de temas a tratar, y anticipamos
muy buenos resultados. No obstante, no damos por sentado el éxito, y les pedimos
a ustedes que se unan con nosotros en oración, pidiendo la sabiduría, la visión
y el discernimiento provenientes de Dios para que podamos estar en armonía con
Él y podamos ver con claridad cómo hacer Su voluntad aquí en la tierra como en
el cielo. Vamos a dedicar un tiempo considerable a analizar varios aspectos de
una de las tareas de más importancia que tenemos como iglesia—predicar el
evangelio del Reino de Dios a este mundo. El Sábado pasado por la noche, mi esposa y yo tuvimos una oportunidad muy interesante durante una comida con una familia que inmigró de Irán hace 20 años. Nuestra plática sobre la política actual del Oriente Medio, y especialmente acerca de la candente situación en su tierra natal, finalmente nos condujo a ventilar nuestras ideas acerca de las perspectivas a largo plazo para la paz alrededor del mundo. Me sorprendió el optimismo del padre lleno de esperanza para el futuro, pero me sorprendió aún más su razón fundamental. En su explicación él dijo estar convencido de que el mundo hallará la paz, y muy pronto, porque el mundo (y especialmente la generación más joven, como nuestros hijos) está asimilando rápidamente la futilidad de pelear y desarrollará una tolerancia amorosa para toda la gente. Él dijo que así como hemos evolucionado y mejorado físicamente, estamos evolucionando y mejorando espiritualmente y mentalmente, y hallaremos el camino hacia la paz. Yo le dije que compartía su optimismo acerca del futuro, pero por razones muy diferentes. La paz mundial vendrá a pesar de la naturaleza humana, ¡no debido a ella! Le dije que como Cristiano yo creo que Dios debe intervenir en los asuntos del mundo para traer la paz, y que para ello, Él enviará a Jesucristo a la tierra antes de que los humanos se destruyan a sí mismos. Cuando yo le pregunté si él, como musulmán, cree que Alá intervendrá para salvar a la humanidad, él dijo que sí, excepto que Alá no lo haría viniendo personalmente a la tierra, sino ayudando a que la gente se vuelva mejor como ya lo había explicado él previamente. Ahora bien, yo no estoy muy familiarizado con la teología islámica y no sé si su punto de vista sea representativo de la creencia islámica común. No obstante, para que los humanos tengan cualquier esperanza, ellos deben adherirse a una estructura de creencia que ofrezca alguna base para dicha esperanza. La pregunta crítica es, ¿qué tan válida es la creencia, y sobre que está basada? La explicación bíblica de la naturaleza humana, probada y confirmada por el registro de la experiencia humana, simplemente hace que sea muy difícil para la mayoría de nosotros adherirnos a la creencia de que la humanidad crecerá en amor y tolerancia, lo cual nos conducirá a la paz. Al mismo tiempo, no obstante, la Biblia sí nos da algo mucho más grande que es la base de nuestra creencia: ¡el evangelio del Reino de Dios! El alcance general del evangelio incluye el entendimiento de que Jesucristo regresará, no sólo para salvar al mundo de la autodestrucción, sino también para empezar un proceso de conversión a escala masiva—cambiando espiritualmente esos corazones humanos enajenados. Sabemos que esto le sucederá al mundo porque ya lo hemos visto en nuestras propias vidas. Como Pablo les dijo a los Colosenses, “Damos gracias... a causa de la esperanza que os está guardada en los cielos, de la cual ya habéis oído por la palabra verdadera del evangelio, que ha llegado hasta vosotros, así como a todo el mundo, y lleva fruto y crece también en vosotros, desde el día que oísteis y conocisteis la gracia de Dios en verdad” (Colosenses 1:3, 5-6). Jesucristo cambió nuestras vidas a través de ese mensaje de buenas noticias, y Él nos comisionó para continuar proclamándolo como testimonio para que el mundo lo oiga. Sus verdaderos discípulos se distinguen por su dedicación y profunda adherencia personal a ese concepto. No sólo tienen ellos su esperanza puesta en ese evangelio, si que están dedicados a esparcir ese mensaje. Si decenas de millares, o sólo diez, responden ahora mismo a esa predicación, los verdaderos discípulos no se desviarán de esa misión, porque ellos saben que es la verdad y la única fuente de esperanza. Más adelante en su carta (1:123), Pablo les instó a no ser movidos “de la esperanza del evangelio que habéis oído”. El evangelio nos da visión, la esperanza nos da dedicación, y la dedicación nos da un sentido de compromiso. Esa es la razón por la cual el Consejo continuará examinando nuestros esfuerzos, y analizará el mundo al cual le hablamos, para ver cómo podemos predicar el evangelio más efectivamente. Es un mundo enorme, y nosotros somos una obra pequeña con una gran tarea, pero con la guía y el poder de Dios para abrirnos puertas, “será predicado este evangelio del reino en todo el mundo, para testimonio a todas las naciones; y entonces vendrá el fin” (Mateo 24:14).
Gracias a todos ustedes por su aliento, ayuda y
apoyo constante, tanto en el aspecto espiritual como en el físico. Al servicio de Cristo,
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